La nana hablaba siempre con tono imperativo y rotundo: “si no se toma la sopa y no se come la carne, le van a salir lombrices por los oídos”.
María Elena Schlesinger
La nana hablaba siempre con tono imperativo y rotundo: “si no se toma la sopa y no se come la carne, le van a salir lombrices por los oídos”. O, “cuidadito con tragarse las pepitas de la naranja porque Dios les guarde, les nacerá un naranjal en la panza”.
Nadie, ni uno solo de los niños, se atrevía a rebatirle aquella sarta de amenazas, y menos inquirir cómo era realmente que crecían los naranjales adentro del estómago o qué debería de hacerse cuando comenzaban a salir las lombrices por los hoyitos de la nariz,
La cuestión era rotunda en lo relativo al comer, como lo eran también las cucharadas rebalsadas de aceite de oliva, sazonadas con granitos de sal y semillas de pimienta, que la nana recetaba a diestra y siniestra al primer anuncio de dolor de panza.
Para María Morales, nana sempiterna de la casa, el tema de las lombrices era también algo importantísimo. Para ella, las lombrices llegab a n con las lluvias, “se alborotan con el agua”, nos decía, por lo cual antes de los primeros aguaceros de mayo, venían las pociones blancas mezcladas con hojas de epazote y las bolsitas de citratos de magnesias, cuyos gusanitos blancos hacían una efervescencia agridulce al disolverse con el agua.
Pero lo que más asustaba a todos, sobre aquellos menesteres, eran los relatos malcabestros que profería la nana sobre las lombrices solitarias. “La solitaria va a pagando a los niños”, nos decía mientras nos servía en el sopero de china una espesa y sustanciosa sopa de pan, “los va chupando hasta volverlos tristes y delgaditos, como palos”.
En aquellos almuerzos, nadie profería palabra del susto. Sólo la nana relataba cómo llegaba la solitaria al cuerpo, “por la tierra que se tragan los niños por no lavarse las manos”, mientras imaginábamos cómo aquella espantosa serpiente verde que navegaba por nuestro estómago e intestinos se iba volviendo gorda y fuerte gracias a nuestra comida, mientras nosotros nos quedábamos flaquitos, flaquitos.
Cuando el almuerzo terminaba la nana nos relataba con pelos y señales el único remedio efectivo para que la solitaria saliera del cuerpo: “se llena la bacinica con leche fría, y allí se sienta el enfermito. Entonces se espera a que la solitaria huela la leche, y como le gusta mucho, comenzará a revolcarse queriendo salir. Cuando por fin la solitaria sale, alguien deberá agarrarla, jalándola con fuerza”. “Eso es todo”, decía la nana, mientras hacía la mueca de sacudirse el polvo de las manos. “Eso es todo, y san se acabó”.
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