El ámbito en el que se mueve el chiclero de Virgilio Rodríguez en la novela Guayacánes un universo caleidoscópico, donde el Sol se resquebraja en miles de haces de luz dentro de la profundidad de la selva petenera y donde los ríos son caminos de esmeralda por los que se escurren presurosos los cayucos, tripulados por peones indios y cuatreros mexicanos, ladrones de madera… Es un mundo de vorágine, de fiebres palúdicas, de atardeceres incendiarios en la selva inmensa.
El mundo de Juan Francisco Zepeda, don Paco –un viejo chiclero de carne y hueso–, que llegó a la comunidad de Carmelita, en Petén, hace 25 años para convertirse en el primer presidente de su cooperativa, es un mundo repleto de esfuerzos físicos, de cansancio, sudor y lucha por la supervivencia entre la selva.
Es posible que don Paco, obligado por una lesión a convalecer en la Ciudad de Guatemala años atrás, tuviera en ese entonces la sensación de náusea que le producían las idas y venidas en los buses atiborrados de la capital, en comparación a sus recuerdos de las temporadas vividas atado sobre los troncos, hiriendo la corteza del chicozapote, extrayendo la resina del chicle.
Por eso no aguantó la capital. “Ésa no es vida, usted. Imagínese, me levantaba a las 4:30 y eran 2 horas de cola de buses para llegar al trabajo”. Y no es que levantarse temprano lo disgustara. Durante su vida de chiclero y xatero se había acostumbrado a dormir solo en medio de los bosques de cedros, caobas y chicozapotes del norte de Petén, a lomo de hamaca o sobre hojas de guano.
La ruta sobre el árbol
Antes de intentar la escalada, se coloca el rudimentario equipo: un espolón como de una cuarta de largo, plateado y filudo en cada una de las pantorrillas; un par de protectores de tela para las piernas, que lo resguardan del roce contra el tronco durante su escalada.
El chiclero llega, ve el árbol que va a picar, limpia el área con su machete. Observa que primero no esté la sin pelo –la culebra Bothrops atrox o barbarilla–. Le comienza a quitar la corteza al árbol, pero primero le hizo una incisión donde colocó cuidadosamente una bolsa hecha de manta y curada con parafina, donde irá a parar la resina del chicozapote.
A golpes de machete, durante su ascenso, va trazando un zigzag en el tronco, levantando la corteza y dejando ver la resina blanca y viscosa que comienza a destilar hacia la pequeña bolsa.
Se ata una cuerda a la cintura y con ella va haciendo palanca y ascendiendo, apuntalándose con los espolones de las piernas clavados en el tronco, repitiendo los golpes del machete, levantando la corteza, subiendo, golpeando, sudando la camiseta blanca bajo el sol, hasta llegar a la copa.
A él, que le gusta “trabajar despacio”, le lleva media hora subir y bajar del árbol. La bolsita se deja hasta el día siguiente “para que se llene”. De cada árbol se extraen de cinco a seis libras de resina de chicle.
La “chiclerada” se produce de mayo a febrero, época de lluvia en Petén. “Con la lluvia es mejor, el árbol afloja su resina”, dice don Paco. El quintal lo venden a Q760. Hay chicleros que sacan hasta 2 quintales por semana. Después de extraer la resina, la llevan al campamento para ser cocinada. La venden a las dos cooperativas que existen en Petén, Suchilma y Coochicle. Ellos la exportan a Japón, el mayor consumidor de chicle en el mundo.
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