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Guatemala, lunes 13 de febrero de 2012

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Opinión:

Quién puso fuego ahí

Respuesta al libro del nefasto embajador Máximo Cajal“¡Saber quién puso fuego ahí!”.

Jorge Palmieri

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
Como todos los cobardes, cuando el embajador de España Máximo Cajal y López se percató de la espantosa tragedia que había causado su irresponsabilidad de sugerir a los campesinos del Comité Unido Campesino (CUC) la “toma pacífica” de las instalaciones del edificio de las oficinas de la misión diplomática a su cargo, dirigidos por un comando subversivo de estudiantes universitarios, para que sirviese como caja de resonancia a sus denuncias contra el gobierno y provocase un escándalo internacional, lo cual tuvo como epílogo la muerte de los 36 que la ocupaban –entre ellos el ex vicepresidente de la República Eduardo Cáceres Lehnhoff y al ex canciller Adolfo Molina Orantes, quienes fueron convocados para que sirviesen como rehenes– fue llevado al hospital privado Herrera Llerandi para que le examinasen meticulosamente para ver si el fuego le había ocasionado algún otro daño además de quemarle un mechón de cabello.

Y mientras estaba recluido en ese centro hospitalario fue entrevistado por la periodista española Soledad Cano, de tendencia ideológica izquierdista y autora del libro La noche del Colibrí, a quien declaró que el fuego que causó el explosivo incendio en el segundo piso de ese edificio fue provocado por una bomba molotov que lanzó uno de los invasores que se puso nervioso al ver que los policías estaban a punto de ingresar al inmueble, pero la botella se rompió contra los barrotes de metal y al caer la gasolina sobre la alfombra se produjo el fuego que de inmediato hizo que estallaran y se quemaran las otras bombas molotov que habían llevado los participantes en la supuesta “ocupación pacífica”(¿?). Respondo a lo que pregunta Cajal en el título de su libro: ¡Ése puso el fuego ahí! Esto fue reportado a la prensa nacional e internacional por esa periodista y quien desee comprobarlo puede hacerlo en la Hemeroteca Nacional si revisa cuidadosamente lo que publicaron durante esos días los diarios independientes.

Pero tan pronto los médicos le dieron de alta, le remordió tanto la conciencia al cobarde instigador que tuvo miedo de regresar a la sede diplomática de España y pidió protección al embajador de Estados Unidos de América, Frank Ortiz, en cuya residencia se refugió hasta que se marchó del país. Y, lógicamente, al volver a España trató de hacerse pasar por “héroe” y “víctima de la brutalidad del Gobierno militar de Guatemala”, con lo cual, al mismo tiempo, pretendió librar de cualquier responsabilidad al Gobierno del Reino de España que entonces estaba a cargo del izquierdista partido Socialista Obrero Español (PSOE) presidido por Felipe González, quien para demostrar su confianza y apoyo a su nefasto Embajador, sin tomarse el cuidado de investigar cómo había sido realmente la tragedia, en forma festinada rompió relaciones diplomáticas con nuestro país. Y quien tomó esta decisión fue el mismo Felipe González que hace poco visitó nuestro país como edecán del billonario mexicano Carlos Slim y fue condecorado con La Orden del Quetzal por el presidente Óscar Berger y su nunca bien ponderado canciller Jorge Briz Abularach.

Pero claro, aquel festinado rompimiento de relaciones diplomáticas fue solicitado y cabildeado por guatemaltecos de la izquierda militante con el propósito de desprestigiar al régimen establecido y, al mismo tiempo, favorecer a la subversión pro comunista auspiciada por los gobiernos izquierdistas. Se me ha dicho que uno de quienes hizo ese cabildeo es el actual vicepresidente Stein, porque militaba en la insurrección. ¿Cómo no condecorar a Felipe González? Ese día yo estaba en Guatemala y, por extrañas circunstancias, fui testigo presencial de lo que ocurrió esa tarde afuera de las oficinas de la Embajada de España, en la 10ª. calle de la zona 9. Pero en cuanto supe la magnitud de la tragedia regresé a México para presentarme esa misma noche en el programa noticioso de televisión 24 Horas del periodista Jacobo Zabludovsky, de lo cual informaré más adelante. Mi oportuna comparecencia evitó que el entonces canciller mexicano Jorge Castañeda (padre) pudiese convencer al presidente José López Portillo de romper relaciones con el Gobierno de Guatemala.
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