Término con el que se identifica a una persona impostora y calumniadora.
Jorge Palmieri
Una de las más graves mentiras y calumnias que Rigoberta Menchú ha venido repitiendo como una sicofanta sobre lo que ocurrió en las oficinas de la Embajada de España en Guatemala la tarde del 31 de enero de 1980, es que los policías que trataban de entrar al edificio para liberar a los rehenes que estaban en poder de los intrusos que habían tomado “pacíficamente”(¿?) esa sede diplomática, usaron un lanzallamas para quemar vivos a todos los ocupantes, según dijo a quienes prepararon el parcializado informe titulado Guatemala, memoria del silencio. Cuando los policías llevaban solamente viejas pistolas. Y cuando ha relatado los supuestos episodios de su vida se ha hecho pasar como la heroína protagonista de situaciones en las que, según se ha sabido, las fuerzas militares cometieron abusos contra miembros de la población civil.
Pero el investigador David Stoll la desenmascaró en su reciente libro Rigoberta Menchú y la historia de todos los pobres guatemaltecos, como puede verse en el libro que coordinó el escritor Mario Roberto Morales titulado Stoll-Menchú: La invención de la Memoria, en el que también hay valiosos testimonios de Emil Volek, Edgard F. Fischer, Jennifer Schirmer y uno muy interesante de la escritora comunista venezolana Elizabeth Burgos en el cual, a pesar de haber sido la creadora del personaje que obtuvo el Nobel de la Paz un millón de dólares y fama mundial, se pregunta: ¿qué hay de verdad y qué hay de imaginario en el relato de la Menchú?
En su libro Venganza o Juicio Histórico, el militar retirado, columnista y escritor Mario A. Mérida publicó que la Menchú declaró a esa misma escritora, autora del libro supuestamente autobiográfico Me llamo Rigoberta Menchú y así nació mi conciencia, gracias al cual la hasta entonces desconocida indígena guatemalteca sin recursos económicos, con el apoyo de la extrema izquierda internacional se convirtió en un personaje de fama mundial, millonaria, premio Nobel de la Paz y le otorgaron 17 doctorados honoris causa: “Yo no puedo sacar mi versión personal de imaginaciones, pues nadie de los compañeros puede decir la verdad”.
Mérida agrega que ella conocía bien la preparación para la toma de la Embajada, que incluyó la comida y las bombas incendiarias, porque dijo en el libro “Cuando lo de la Embajada de España había hecho un acercamiento entre las organizaciones populares y los estudiantes. Habíamos inventado el coctel molotov. En un frasco de gaseosa habíamos echado gasolina, un poco de hierro, así revueltos con aceite, con una mecha. Ese cóctel tiene capacidad para quemar a dos o tres soldados, porque se pegaría encima de ellos y les quemaría la ropa”.
Mérida comenta: “Acudir a lo mencionado por Rigoberta Menchú en su libro puede resultar sin sentido, por la duda existente sobre la veracidad de su testimonio. Sin embargo, lo que viene a confirmar la inmolación es el pobre entrenamiento de los campesinos en el uso de los artefactos incendiarios”. Hay que agregar que la doctora honoris causa se equivoca si cree que ellos habían inventado el llamado coctel molotov, porque me parece que ya se usaba en la Primera Guerra Mundial. Mérida informa que la escritora Soledad Cano, autora del libro La Noche del Colibrí (Arde Centroamérica) describe los sucesos de la Embajada de la forma siguiente: “¡Aquí están! ¡Tiren la puerta abajo!” –dictaminó alguien-. El grupo se revolvió inquieto; los secuestradores no dudaron un momento; de los macutos sacaron una botella llena de algún líquido inflamable y tapada especialmente… “¡Estos policías asesinos no van a entrar aquí a ultimarnos!”, dijo el que tenía la bomba… “¡Asesino!”, gritó el de la bomba y la arrojó contra la puerta en dirección al agujero. Ésta se incendió.”
Por cierto que esta misma escritora logró entrevistar a Máximo Cajal cuando éste estaba hospitalizado y el abyecto Embajador le declaró que hasta entonces se había dado cuenta de que los campesinos iban armados y que el incendio comenzó cuando uno de los invasores lanzó a los policías una botella con gasolina, lo cual causó que se quemaran las otras que llevaban los demás. ¡A pesar de lo cual este sicofante se atrevió a decir lo contrario en su libro!
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