La crisis de seguridad de Guatemala es, dramáticamente, la elevadísima tasa de criminalidad, el miedo que puebla las calles y la inestabilidad que acompaña el emprendimiento de negocios. Pero no se reduce a eso.Es también crisis de concepto y de aparatos. La reforma de la Policía Nacional Civil emprendida desde 1997, fracasó. Y son cierta, no obstante las sospechas, la voluntad de las actuales autoridades de gobierno de disminuir el peso tradicional del Ejército. Pareciera, entonces, que nos quedamos en un callejón sin salida.
La apuesta no va hacia la Policía, pues no se está haciendo un esfuerzo real para renovarla y fortalecerla. La prueba es que la Academia, que debiera ser el instrumento estratégico de la renovación, resulta ser la cenicienta de la institución. Y si el Ejército tampoco lo es (no obstante el interés de re-enlistar a 3 mil de sus anteriores reclutas), ¿cuál es la apuesta?
En parte la respuesta tiene que ver con quien dirige el diseño estratégico de la nueva seguridad pública. Identificarlo no cuesta mucho: es la misma fuerza que quebrantó las capacidades de la inteligencia militar y encogió el aparato de la milicia (amén del prolongado autosabotaje de los mandos del Ejército con el mal manejo de sus finanzas e inversiones). Los Acuerdos de Paz hablaron de darle otra misión al Ejército y de ejercer controles democráticos sobre sus funciones de inteligencia. Eso no se cumplió.
Mi impresión, ahora, es que el Ejército se ha quedado sin misión. Los temas de terrorismo, narcotráfico y trata de personas no encajan exactamente como misión de defensa nacional, aunque forman parte de esa agenda.La crisis de seguridad, por tanto, se vuelve una crisis por vacío. Las autoridades se han tardado demasiado en poner en marcha el aparato alternativo, si es que tienen el diseño. Ha habido demasiado devaneo sobre si se monta o no una guardia nacional y cómo encaja eso con la proyección de seguridad hemisférica de Washington. Ha habido demasiados estira y encoge entre los mandos de la Defensa y Gobernación (está a punto de caer la siguiente cabeza de un general). Demasiadas explosiones de inseguridad, y los mandos civiles permanecen inconmovibles. Entre tanto la criminalidad sigue ganando terreno y penetrando en el Estado y la sociedad, como la droga penetra las venas de un organismo.
El tema ahora es ¿qué da tiempo a hacer? Seguir administrando una Policía corrupta y mantener postrado al Ejército, solo aumenta las condiciones de ingobernabilidad y, en la desesperación, la gente va a aceptar cualquier cosa, por deplorable que sea a los ojos de una sociedad moderna y degradante de los valores de convivencia. Crear el sistema nacional de seguridad y eliminar entes infuncionales, como ha propuesto el Foro Permanente de Partidos Políticos, es buena idea, pero ¿cuál es la alternativa de aparato de seguridad pública? Este es un asunto tan importante que no se puede debatir públicamente sin información real.
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