Guatemala es un país de amplia historia en materia decisionista,
Edgar Balsells
Durante la semana que termina tuve la oportunidad de dialogar con varios de mis mentores universitarios del pasado, con admirable experiencia en temas sociales y políticos del país y de la región centroamericana. Me encontré con ellos en varias reuniones, y me llamó la atención la percepción mutua que tuve con uno de ellos, un destacado experto en Ciencia Política, en torno al tema del decisionismo. De acuerdo al Filósofo de la Etica argentino, Javier Flax, se denomina con tal etiqueta a las formas concentradas y discrecionales de ejercicio del poder político.
Este término se asocia a una concepción del orden y la obediencia, tan común en los antiguos regímenes, al punto que se asocia con ideólogos de la talla de Thomas Hobbes y del temible Carl Schmitt, nada más y nada menos que el asesor de Hitler en temas como el ordenamiento del Estado de Derecho Nazi y la conformación de las formas corporativas del Estado, en donde se invitaba a grupos controlados de la sociedad (principalmente cámaras y algunos sindicatos), al gobierno de institutos y empresas públicas.
De acuerdo con Flax, el decisionismo es frecuentemente representado en sus versiones jurídicas y políticas, y se asocia con las prácticas de concentración del poder en el contexto del Estado de Derecho, tan cacareado en estos tiempos. Flax pone el dedo en la llaga en torno a muchas situaciones que se están dando en la Guatemala de hoy, al subrayar que “el ejercicio decisionista se realiza a través de diversos instrumentos jurídicos que apelan a la excepcionalidad de una situación –genuina, exagerada, provocada o meramente invocada–, es decir a la necesidad o la urgencia para justificar poderes excepcionales y medidas de emergencia”. Tengo la percepción que, en la medida en que Guatemala se acerca más a una realidad como la colombiana, que a una como la costarricense, por ejemplo, los adictos al decisionismo que no son más que los nietos de los más influyentes que nos cuenta la historia, estarán en su salsa con la apelación a criterios “decisionistas”.
El caso que me interesa de sobremanera es el que Flax aduce al enunciar que un decisionismo importante es cuando la autonomía del Estado se subordina a la del mercado, principalmente los mercados de los grandes oligopolios que controlan una economía. Ello inhibe la aparición de pequeños y medianos empresarios y concentra situaciones en múltiples áreas de la vida política, social, cultural y por supuesto económica. Flax, a este respecto indica que diversas reformas económicas que se implementaron en América Latina desde los años 90 “fueron realizadas en el contexto de una lógica de la emergencia divorciada de la lógica de la democratización”, dando lugar a un proceso de colonización del Estado, por parte de intereses particulares.
Guatemala es un país de amplia historia en materia decisionista, y actualmente nuestra difícil convivencia con la Democracia, que hasta el momento no ha rebasado los estrechos marcos de una “Democracia Electoral”, contiene múltiples amenazas de corte decisionista. Lo más apremiante de todo esto es que la vasta presencia del crimen organizado, y las grandes debilidades que manifiesta aún nuestro desarrollo económico, son un campo fértil para este tipo de prácticas que nos alejan cada vez más de visiones democráticas, tan necesarias en nuestros días.
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