La actitud indigenista fomenta la lucha de clases y el racismo.
Rigoberto Juárez-Paz
Les decía el martes que la primera expresión de la autoconciencia guatemalteca es la de una conciencia que no es autóctona sino mestiza o hispano-americana. Antes había habido muchas expresiones de la conciencia autóctona, como lo revelan templos, tumbas y grabados que relatan hechos históricos, pero la primera autorreflexión, el primer intento de responder a la pregunta ¿quiénes somos nosotros? no lo hacen mayas ni quichés sino guatemaltecos, es decir nuevos espíritus, hombres que se expresan por medio de un marco conceptual que ya incluye rudimentos del idioma español y la religión cristiana. La conciencia indígena originaria es desconocida, pues no hay anteriores expresiones de autoconciencia.
(Este ha sido el fundamento de mi insistencia en que nuestro país necesita poner énfasis en el carácter mestizo de la población y no en que hay un mayor número de indígenas que de ladinos. La actitud indigenista, me parece a mí, fomenta la lucha de clases y el racismo, concepto, este último, que considero ajeno a nuestra manera de ser. Pienso que esa es una de las razones de que los guerrilleros pusieran tanto énfasis en lo indígena, en los Acuerdos de Paz, pues para ellos la guerra, según sus convicciones, no había ni tampoco ha terminado. Al igual que sucede en todo el mundo, todos discriminamos a ciertas personas por razones culturales, económicas o sociales. Esto es producto de que todos somos diferentes, tenemos diferentes valores y costumbres, pero esa discriminación no niega derechos ni necesariamente expresa superioridad o desprecio racial. Aquí no hay raza ni razas dominantes. Pienso, además, que el concepto de raza, a menos que se trate de caballos, gallinas o cerdos, no es parte del marco conceptual ordinario de los guatemaltecos).
Como fuere, exceptuando el texto entre paréntesis, lo anterior fue más o menos mi discurso de Tübingen, en septiembre de 1984. Pero no bien hube terminado mi exposición, el profesor Esquivel ( ), de México, afirmó que el Popol Vuh era un libro mexicano. Le respondí que ese libro lo habían dictado guatemaltecos, en un idioma guatemalteco, y que no encontraba yo ninguna justificación para su afirmación. Ya no recuerdo el final de la discusión, pero sí que al año siguiente, como parte de los actos de un congreso latinoamericano de filosofía, celebrado en Guadalajara, México, hubo una representación teatral de una obra indígena “mexicana”. En cuanto se inició la representación me di cuenta de que se trataba de la escena de la creación del mundo, tal como la leemos en el Popol Vuh. Uno o dos días antes, cuando leí la ponencia que había presentado en Tübingen el año anterior, Leopoldo Zea, un pensador mexicano de simpatías marxistas, presentó objeciones. Lo único que recuerdo es que no me parecieron válidas.
La buena recepción que tuvo mi ponencia en Tübingen me estimuló a repetirla poco después, en el edificio de la Generalitat de Cataluña, en Barcelona, el 12 de octubre, 1984, y en Guadalajara, México, el año siguiente. (Sigue).
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