Esta Semana Santa me encontré a un amigo de años. “Tenemos que hablar”, me dijo y me miró fijamente a los ojos. Acto seguido, me puso la mano en el hombro y con voz profundamente grave sentenció: “Mi estimado, ha llegado la hora; tenemos que hacer algo por Guatemala”. “¿Cómo qué?”, le pregunté desconcertado y a partir de ahí la plática se convirtió en algo difuso y hasta un tanto divertido.
“Hay que tomar partido –continuó con tono dramático-. El país se desmorona”. Lo demás me lo veía venir. Según mi amigo, necesito bajar de mi torre de marfil, empaparme de realidad, participar de la gran renovación nacional, luchar contra la corrupción, tirarme a alcalde o a diputado, dar de comer al hambriento, defender al desposeído y así sucesivamente. “Nos estamos juntando, vamos a apoyar a… –y aquí dijo un nombre de esos que suenan para las presidenciales del próximo año-. Ya somos varios, solo falta usted”.
“¿Y yo por qué?”. Supongo que es el gran misterio que me acompañará a la tumba. Qué hace a la gente acercarse a mí para proponerme las empresas más descabelladas posibles. Qué les hace suponer que tengo un importante misión que cumplir en el mundo. Por qué debo salvar a la humanidad, a la nación, a los desposeídos.
Todo empezó hace muchos años con un cuate al que le decían Chespirito. El día que se enloqueció, llegó a mi casa y casi me susurró al oído: “Maestro, me acabo de enterar que una legión de malos espíritus se han apoderado de La Antigua, y usted y yo somos los encargados de combatirlos”. Luego apareció Claudio –quien pintorescamente se hacia llamar “el de la causa”-, con todo aquello de que la revolución y el pueblo me necesitaban.
Nos fue fatal. A Chespirito, a Claudio, a mí. A la revolución, al pueblo, a la nación, a La Antigua, a la humanidad entera. No pienso repetir la experiencia. Se está mejor oyendo a Miles Davis en la torre de marfil.
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