“La costumbre es una somnolencia, o, al menos, un debilitamiento de la conciencia del tiempo…”.
Thomas Mann
Arturo Monterroso
Tomar distancia para ver el país en su justa dimensión requiere de cierta frialdad de ánimo. Y así evitar regodearse en el desengaño o complacerse en el optimismo fácil del nacionalismo a ultranza. Quien en todo ve la confirmación del desastre, puede ser que se equivoque tanto como quien encuentra en cada acierto una razón para la esperanza. En todo caso, es mejor pecar de celo crítico que resbalarse en un iluso amor patrio sin consistencia. El problema con el nacionalismo es que siempre tiene algo de negación de la realidad, discriminación y xenofobia.
Porque nadie puede ver con claridad su propio país y abrirse a la aceptación de los diferentes si no se desprende del arraigo en ese pequeñísimo mundo de referencias, relaciones y costumbres que nos hacen sentir en casa. El nacionalismo, el localismo y esa confabulación de los iguales –por ejemplo: la Nación blanca protestante, en Estados Unidos– necesitan de fronteras para resguardarse y para mantener distancia respecto a los demás.
Lo anterior no significa que la pequeña comunidad no tenga importancia como una realidad humana; fundamental en la conformación del país y último bastión frente a la superestructura de dominación (el capitalismo estadounidense, por ahora), cuya individualidad aporta un signo diferenciador que enriquece la diversidad universal. Es natural que muchas personas sientan un cariño, la mayoría de las veces entrañable, por ese lugar donde nacieron y vivieron sus primeros años. Es un signo del sentido de pertenencia, una identidad cultural. Y cualquiera añora la luz de una cierta región, el aire de un pueblo, el sabor del agua en la casa paterna. También es de esperar que la gente se defienda si viene alguien de fuera a llevarse la riqueza del país, dejando regalías irrisorias a cambio, o a explotar a las personas. Pero de eso a culpar a los extranjeros, sobre todo a los conquistadores –los españoles pero también los gringos que no terminan de expiar sus culpas– por todos nuestros males, hay una diferencia bastante grande porque, en última instancia, somos nosotros quienes debemos solucionar nuestros problemas.
Este asunto del nacionalismo viene a cuento porque en mis tres artículos anteriores –referidos a la lectura de The Old Patagonian Express–, anoté algunas de las opiniones negativas que sobre Guatemala vierte en ese libro el escritor estadounidense, Paul Theroux. No es agradable enterarse de cuán mal nos ve el ojo ajeno. Sin embargo, en mucho tiene razón. ¿No es la mayoría de los ciudadanos aún parte de una sociedad campesina, desnutrida y carente de libertad? ¿Ha mejorado el nivel de vida en el campo y se ha terminado la corrupción entre los funcionarios? ¿No seguimos teniendo grandes cinturones de miseria alrededor de las ciudades? ¿Y no es acaso nuestra ciudad cada día más fea, poco hospitalaria y peligrosa? Claro que hay preciosos barrios exclusivos, modernos edificios y centros comerciales copiados del primer mundo, pero son la excepción; lunares luminosos en un oscuro mundo de pobreza. De todo lo que vio Theroux en su paso por Guatemala, a principios de 1978, poco ha cambiado. Es cierto, se terminó la guerra pero aparecieron las maras y se fortalecieron el crimen organizado y el narcotráfico. Y los antiguos vicios, taras y malas costumbres no han podido erradicarse: los tarascones al erario, la ineptitud, la falta de imaginación, la contaminación política y las presiones de los grupos de poder en la decisiones de Estado…
Donde se equivoca Theroux es en pensar que Guatemala es un desierto y que si bien el tramo El Progreso-Zacapa, que seguía la línea férrea, no es precisamente el paraíso terrenal, tampoco es reflejo exclusivo de la totalidad del país. Quizá debiera caminar entre la cálida vegetación de Yaxjá, sentir la fría neblina de septiembre en el alto valle de Paquix, respirar el aire de los bosques de pinos en el Llano del Coyote, mirarse la cara en la pulida superficie de Lachuá, ver todas las estrellas del universo desde la profunda oscuridad de la noche en Salamacueco…
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