Parecía gente muerta en vida a la edad de 20 o 30 años.
Pablo Rodas Martini
Desde que era adolescente comencé a escuchar música de protesta y a leer libros revolucionarios. Mi hermano, que estaba en la Usac, llevaba los casetes y los libros y por ende mi hermana y yo también terminábamos influenciados. Recuerdo los diarios de el Ché en Cuba y Bolivia y más adelante ya por mi parte leería varios libros de entrevistas a Fidel Castro.
He ido a Cuba en dos ocasiones. La primera fue casi 20 años atrás, en 1988. Era Semana Santa. Comenzaban esas súper promociones que incluían boleto aéreo y hotel a precios muy favorables, e incluía La Habana y una corta visita a Varadero.
El viaje me impresionó tremendamente. En lugar de andar en las rutas turísticas usuales, me perdí por las calles de La Habana. Me asombró la precariedad de las viviendas y la carestía inmensa que afloraba por todos lados, pero más aún la corrupción rampante para proveerse de cualquier cosa. Al parar un taxi tenías que levantar tres o cuatro dedos, pues de esa manera le indicabas que le ibas a pagar tres o cuatro veces la tarifa usual. Cualquier cosa era adquirible pero siempre ofreciendo el sobreprecio correspondiente.
Todavía más que la corrupción, me impresionó el temor y la frustración de su juventud. Platiqué con numerosas personas. Tenían una buena preparación, pero te parecía gente muerta en vida a la edad de 20 o 30 años. Hablar de salir de Cuba les parecía imposible, como si se tratara de ir a otro planeta. El país no tenía futuro. También te hablaban con temor viendo alrededor por si se les estaba vigilando. No te morías de hambre en Cuba, pero tenías una vida sin futuro, a no ser que estuvieras en las redes de poder. Volví a ir en 1999. Comenzaban esos gigantescos eventos que Castro organizaba sobre la globalización con economistas de muchos países. El escenario era el inmenso palacio de convenciones. Me tocó hablar unos 20 minutos. Ahí en la mesa principal estaban Castro, Lula, Daniel Ortega y dirigentes de la izquierda de África y Asia.
Menos mal que solo estuve un par de días en el evento. Me pareció de una retórica pasmosa. La cantaleta usual contra la globalización, el comercio, la inversión extranjera, las multinacionales y demás. Sin embargo, salías a la calle, o incluso bastaba con ir al lujoso hotel donde nos hospedaban, y podías ver que la economía cubana se mantenía por los “engendros de la globalización”: la inversión extranjera, el turismo y las remesas familiares. Si un país se estaba globalizando velozmente era Cuba, y lo haría más rápido si se le quitara el embargo gringo.
El centro de la atención obviamente era Castro. Se movía un paso y todas las miradas le seguían. Ya conocía mucho de su pensamiento a través de esos libros de entrevistas y de sus continuas intervenciones por la prensa internacional a lo largo de años. Ahí me tocó escucharlo un buen número de horas, pues una vez tomaba la palabra ya no la soltaba. Repetía la cantaleta de siempre. No había ideas profundas ni frescas. A cada rato un asistente le pasaba cables de prensa internacional, noticias que él se pasaba comentando.
A mi juicio Castro deja dos logros importantes después de estar en el poder durante medio siglo (aparte estarían las críticas en derechos humanos, democracia, etcétera). El primero es en materia de educación y principalmente salud, una de las mejores de Latinoamérica. Sin embargo, no creo en lo absoluto que los países tengan que optar por la vía autoritaria para lograrlo. El desarrollo humano de Uruguay o Costa Rica es muy similar, y no se vieron forzados a sacrificar a su población en derechos humanos o democracia. El segundo sería haber resistido medio siglo a EE.UU., que para algunos será algo de aplaudir mientras que para otros algo de criticar. pablorodas@yahoo.com
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