Recientemente me comunicaron que tengo alto el colesterol. Todavía no sé si es del que dicen que es bueno o del otro, del que dicen que es malo. En realidad no tengo la más vaga idea acerca de lo que ello significa. Lo único que he oído acerca de los triglicéridos es que, mientras que el colesterol, al menos el “malo”, puede llegar a obstruir las arterias y así ser factor determinante en la producción de los infartos al miocardio, los triglicéridos pueden afectar la circulación cerebral y causar infinidad de problemas a quienes ya no son spring chickens sino gallos viejos, con espolones gastados, como muchos que conozco.
En 1988, cuando se celebraron los 900 años de la fundación de la Universidad de Bologna, en el norte de Italia, el Rector de la Universidad de Islandia, durante una cena, nos contó que él era cardiólogo y que en varios casos, que él conoció personalmente, algunas personas que habían fallecido de infarto al miocardio tenían las arterias limpias, de manera que no siempre los infartos obedecen a exceso de colesterol en la sangre. La tensión, o el estrés también puede ser un factor determinante.
Las deliciosas comidas para los asistentes estaban a cargo de la Academia de la Cocina, de la Universidad, y de seguro en ellas abundaban colesteroles y triglicéridos. La última cena la patrocinó la Fiat y todos comimos faisán y bebimos champán, sin preocuparnos en los más mínimo de las temibles sustancias de que les hablo. Todavía recuerdo los deliciosos macarrones y los faisanes. Supongo que en el área abundaban esas aves, ya que las sirvieron, cocinadas de diferentes formas, para más de un centenar de comensales, más de una vez durante la semana de celebraciones.
Años más tarde, nuevamente gracias al patrocinio del Fondo Stillman de la UFM, tuve ocasión de asistir a un seminario en München o Múnich. Este fue sobre una teoría de Bertrand Russell acerca de “descripciones definidas” y su contribución a la solución de ciertos problemas semánticos. Yo había estudiado a Russell en mi primera juventud y deseaba enterarme de lo que había de nuevo al respecto, ya que en las universidades tropicales esos temas no interesan mucho.
Como todos lo sabemos, la preparación de un viaje a menudo resulta ser tanto o más interesante que el viaje mismo. Alguien me recordó que en las afueras de Múnich estaba la casa del doctor Alzheimer, el famoso médico cuyo nombre lleva la terrible enfermedad. Mi hermano Fernando todavía vivía y padecía ese mal. De manera que, después de muchos años de haber abandonado la costumbre, me compré una camarita de cajón para tomarle unas fotos a la casa del famoso médico, leí algo sobre la enfermedad en un libro titulado How we die y me hice el propósito de escribir algo al volver. El seminario resultó ser demasiado matemático para mi formación; y durante la semana que estuve en Múnich ni siquiera me acordé del doctor Alzheimer.
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