Cuando los alcaldes de una docena de grandes ciudades latinoamericanas se reunieron esta semana en Miami para discutir problemas comunes, tocaron un tema que me llamó mucho la atención: la posible relación entre la migración, las remesas familiares y el problema de la inseguridad en las grandes ciudades latinoamericanas.
Unos 12 millones de latinoamericanos en Estados Unidos envían a sus países de origen alrededor de US$40 mil millones anuales, según cifras del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Los migrantes envían unos US$20 mil millones anuales a México, US$10 mil millones a los países centroamericanos y la República Dominicana, y el resto a Colombia, Brasil, Perú, Ecuador y otros países.
Hasta ahora, la opinión generalizada en círculos académicos era que el impacto de las remesas era totalmente positivo para los países latinoamericanos: se trata de dinero en efectivo que -a diferencia de la ayuda externa- no puede ser capturada por burócratas gubernamentales, porque va directamente a los bolsillos de los pobres.
Asimismo, las remesas tienen potencialmente un enorme efecto multiplicador: los proyectos del BID planean convertir estas transferencias de dinero en fuentes de crédito bancario para millones de latinoamericanos, lo que podría aumentar enormemente el nivel de vida en las áreas más pobres.
El proyecto contempla convencer a bancos comerciales que si un migrante latinoamericano en Estados Unidos le lleva enviando US$300 mensuales a un pariente en su país natal durante varios años, esa fuente de ingresos es suficientemente segura como para servir de garantía bancaria para dar hipotecas o microcréditos a los latinoamericanos que reciben remesas.
Sin embargo, en la reunión de alcaldes en Miami, el especialista en seguridad Hugo Acero señaló que no todo lo relacionado con las remesas es positivo. Acero, asesor de las Naciones Unidas y coordinador de programas de Municipios Seguros de la Policía Nacional de Colombia, dijo que la migración masiva de hombres de muchas zonas de América Latina está dejando pueblos sin padres, haciendo que los niños crezcan bajo la tutela de abuelos permisivos, que no les imponen reglas disciplinarias.
Como resultado, muchos jóvenes se crían en las calles. Y en una región con alto desempleo juvenil, estos jóvenes muchas veces terminan haciendo trabajos ocasionales para las bandas del narcotráfico, o de otras formas del crimen organizado, dijeron otros participantes en la reunión.
Según la Organización Mundial de la Salud, América Latina es la segunda región más violenta del mundo, después de África. En Latinoamérica hay 19 homicidios por 100 mil habitantes, más del doble del promedio mundial.
Asimismo, el recibir una transferencia de dinero o un paquete con un par de zapatos deportivos de un padre ausente que vive en Estados Unidos hace que muchos jóvenes tengan menos estímulos para conseguir un empleo honesto y regular, dicen otros expertos.
“Recibir US$50 por mes te puede convertir en un vago”, dice Raúl Benítez, un profesor mexicano que enseña en American University de Washington DC. “En zonas de El Salvador, Honduras y Guatemala, hay una completa desestructuración de la familia. Las mujeres o los abuelos son los que se encargan de la familia, y hay una total ausencia del referente masculino”.
Existe otro impacto potencialmente negativo de las remesas: muchos gobiernos latinoamericanos están demasiado confiados en que estas remesas seguirán creciendo en el futuro. Un reciente estudio del profesor Rodolfo de la Garza, de Columbia University, muestra que las remesas de los migrantes turcos en Alemania comenzaron a caer a partir de finales de los 90, debido a un fenómeno de reunificación familiar.
El estudio señala que lo mismo podría empezar a ocurrir con las remesas a México, porque cada vez más migrantes mexicanos están trayendo a sus padres e hijos a vivir con ellos a Estados Unidos.
Mi conclusión: no hay duda de que multiplicar el impacto de las remesas familiares convirtiéndolas en fuentes de acceso a créditos bancarios sería un paso extraordinario para mejorar el nivel de vida de millones de latinoamericanos en las zonas más pobres de la región.
Pero puede que haya llegado el momento de prestarle más atención a los efectos negativos de las remesas, y ver qué se puede hacer al respecto. Quizás, Univisión, Telemundo y otros medios hispanos en Estados Unidos deberían darle más cobertura al impacto de los padres ausentes en las familias que dejan atrás.
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