Aunque no les guste la vida en este país por lo feo de las caras pobres.
Adolfo Méndez Vides
Aquí la democracia no existe, porque en lugar de tierra pródiga la patria se ha convertido en una vaca. Los diputados, padres de la vaca, no tienen moral ni vergüenza, porque la ordeñan urgidos y desesperados aunque la ven flaca y famélica y le chupan el sagrado líquido sin que nadie se los impida. ¿Cómo pueden los dignos sentarse en la misma sala y compartir con los abominables su pecado? Basta meter la nariz un instante en la caja de Pandora del Congreso para horrorizarse, y lo increíble es la falta de remedio. Ellos tienen la cara dura y la piel de cocodrilo, y nosotros una paciencia humillante.
Los empresarios ven a la patria como una vaca pródiga, y aunque no muy les guste la vida en este país por lo feo de las caras pobres, lo desagradable del clima de venganza justiciera, la inseguridad ciudadana y demás plagas, no se marchan con su platita a otra parte porque otra vaca como esta no se encuentra fácil. Para ellos la vaca está gorda y multiplicándose y no piensan dejarla escapar. Aprecian a la vaca, porque para que produzca no hay mucho que hacer, come pasto, de vez en cuando hay que aplicar algunas vacunas, y dejan la tarea al sol y la lluvia, y los favorece la necesidad de la gente, su principal aliado, porque les brinda mano de obra barata, mientras el aparato de seguridad pública cuida que los hambrientos no se dejen llevar por la locura y se coman su fuente de riqueza.
Y para la mayoría de ciudadanos la patria es también una vaca, un inmenso animal que deposita sus huesos y carne floja sobre sus cabezas. Nos pesa la patria porque nos aplasta, porque no reconoce a sus habitantes ni cuida de ellos, porque pesa tanto que ayer una mujer desesperada se lanzó desde el puente del Incienso con su criatura de cuatro meses fuertemente abrazada, para que se las tragara el barranco, porque ya no quería vivir ni soportaba la idea de heredar a su criatura el horror de la patria. Y lo terrible es que la decisión de esta mujer produjo un inmenso atascamiento sobre el puente, dificultando a los vehículos el acceso a la zona central, convirtiéndose en motivo de queja, porque cómo se le ocurre matarse a dicha hora. Los más curiosos se bajaron del carro para buscar en las profundidades el rastro del siniestro, una mujer sin nombre llamando por un instante la atención que no tuvo en vida. Los tímidos trataban de adivinar lo que pasó por la mente de la víctima mientras caía, en esos breves segundos antes de que terminara todo.
No es posible que a pesar de la conciencia de la realidad, la patria siga siendo una vaca para nosotros, y que mientras unos la ordeñan otros perezcan bajo su peso. La leche de esta vaca debiera de dar vida a todos, porque es de todos. Los diputados que han dado mal uso a los recursos tendrán pesadillas el resto de sus vidas, porque invirtiendo bien lo que han malversado quizá se hubiera evitado que una mujer desesperada se lanzara al vacío, y esa culpa pesa más que una vaca.
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