La primera imagen que tengo del Ejército es de aquellos soldaditos que se paraban solos y que traían un fusil pegado al cuerpo. Me gustaba quitarles los pedazos de plástico que les sobraban entre las piernas o los brazos. Como nunca tuve hermanos (varones), mi contacto con las armas, los cuetes y todo el arsenal con que llenan los cuartos de los niños, fue nulo. Pero en Canal 5 pasaban una canción muy triste que decía: “Un soldado… es un ser querido a quien amamos… Un soldado… es un hijo, un amigo, un hermano”. Yo sentía que los mocos se me salían, ya que aquella propaganda chafa tocaba mis fibras más sentimentales. Menos mal, crecí.
Se firmó la paz en Guatemala y todos supimos las “gracias” que muchos militares hicieron en este país. Llenarnos de droga y meter coca en todos los estratos sociales, es una de sus herencias más nefastas.
Ahora llegó la hora de cerrar el chorro. Para empezar, habría que clausurar la Escuela Politécnica y no graduar más militares. Además, donar todos los bienes y recursos castrenses para la Educación. Enjuiciar a los asesinos, ladrones y narcotraficantes, para quedarnos sólo con los buenos elementos (que seguramente son tan pocos que nos saldrían muy baratos). Y urgente es que el Hospital Militar le sirva al pueblo, quien es el que lo mantiene.
Da rabia, cólera y mucha tristeza ir a las clínicas más modernas de Centroamérica y verlas vacías, subutilizadas, mientras los guatemaltecos se mueren amontonados en los hospitales nacionales.
PD: Y si quedan militares desocupados, que limpien la basura de los ríos, lagos y montañas. Y además, que ayuden a los ancianos a cruzar las calles. Amén.
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