“El mundo no es blanco y negro, más bien es negro y gris”.
Edgar Gutiérrez
El año 2004 tiene varios centenarios notables. Personajes extraordinarios que influyeron en nuestras vidas, decididamente inscritos en la cultura universal. Letras Libres, en su edición de agosto, homenajeó a 8 de ellos: Salvador Novo (1904- 1974), Alejo Carpentier (1904-1980), Salvador Dalí (1904-1989), Marlene Dietrich (1904-1992), Isaac Bashevis Singer (1904-1991), Pablo Neruda (1904- 1973), Agustín Yáñez (1904-1980) y María Zambrano (1904-1991). Pero hay otros igualmente queridos, como el físico Robert Oppenheimer (1904- 1967) y el novelista Graham Greene (1904-1991).
Por razones de la vida –los inolvidables amigos que me introdujeron a sus libros a inicios de los 80, y el haberme hecho acompañar de su obra en mis viajes más extensos y solitarios–, Greene me es entrañable. No hace mucho visité en Londres las instalaciones de las oficinas para las que él trabajó. Yendo por los pasillos hacia una sala de juntas, inadvertidamente me topé con un discreto letrero de fondo negro y resaltado blanco: “Salón Graham Greene”. Sonreí para mis adentros recordando el sello de su humor flemático sobre los servicios de inteligencia en El factor humano.
Greene es un autor que por sus minuciosas descripciones logra el efecto de transportar a los lectores a los sitios de sus tramas. Todavía puedo ver a Castle haciendo contactos furtivos en la estación de Berkhamsted (El factor humano); caminar junto a Lime en las encorvadas calles de la Viena de posguerra (El tercer hombre), y quedar aturdido de las noches de opio en Saigón (El americano impasible). Greene había estado en todos esos sitios, y tantos más: Liberia, Sierra Leona, México, Cuba, Panamá, Paraguay, Suecia. Su biógrafo, quien le siguió las huellas por el mundo, casi muere sordo y ciego, tras 27 años de documentar, en 3 mil páginas, las andanzas del escritor inglés. El tercero y último volumen será presentado hoy jueves 30, a tres días del natalicio del escritor.
Vaya tarea descifrar a Greene. Penetraba hondamente en la psicología de personajes siempre envueltos en conspiraciones, intrigas y sospechas, que hacían de la ambigüedad una norma de conducta. Católico (“caí en las redes de la fe como en las del amor”), pacifista (“sólo podemos rezar para que suceda sin la pérdida de vidas”), espía (“haciendo un trabajo inútil”) y corresponsal. Fue capaz de anticipar el infierno que tras una década se desataría en Vietnam. Polémico. Cultivó amistad con tantos personajes controversiales. Todos recordarán el alud de críticas que se le vino encima por su cercanía a Kim Philby, su superior, espía británico y doble agente de los soviéticos. Fue amigo de Omar Torrijos, Fidel Castro, Daniel Ortega, Salvador Allende y Ho Chi Minh. Demasiado libre. Demasiado crítico. Y se le prohibió la entrada a Estados Unidos.
Greene me cayó mejor cuando leí que su última esposa, Ivonne Cloetta, escribió en su libro In Search of a Beginning, que a él le aburrían las conferencias y los eventos académicos. Era impaciente. Perteneció a una época en la que el asombro y la angustia se mezclaban de una manera peculiar. Cómo concluir esta nota, si no es con una de sus frases que le aprendí (quizá porque parece adagio chapín): “El mundo no es blanco y negro, más bien es negro y gris”.
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