Saludo a esta vieja amiga que ha vuelto a visitarme.
Jorge Palmieri
Creo que la cultura occidental y la religión católica son las responsables de la distorsión que tenemos de la muerte, a la cual vemos como si fuese un castigo de Dios. A diferencia de la cultura oriental y sus religiones que, por el contrario, la toman como un premio y motivo de felicidad por dejar atrás las limitaciones de la vida material, con sus sinsabores y dolores, para trascender a una vida superior donde reinan la paz y la dicha. Se dice que las culturas de las razas precolombinas en este continente tampoco creían que la muerte era un castigo y se entregaban a los sacrificios humanos creyendo que serían recompensados en la siguiente etapa, que es eterna, por morir como una ofrenda a los dioses. A eso se debe que los mexicanos festejan el Día de los Difuntos comiendo ricos platillos especiales, calaveras de dulce con los dientes pelados, alegre música de mariachis y visitas a los panteones de sus seres queridos que se han adelantado en ese viaje irremediable.
Es tanto el temor que a algunos infunde la muerte que, cada vez que la menciono, mis parientes y amigos me piden que no sea “pesimista” y deje de estar pensando en ella para “no atraerla”, como si no fuese un paso que todos vamos a tener que dar inexorablemente algún día. Es humano que nos entristezca la muerte de alguno de nuestros seres queridos, desde luego. La de algunos más que la de otros. Ya sean nuestros parientes o nuestros amigos. Pero esa tristeza es realmente por el egoísmo de parte de quienes lloramos la partida de un ser querido porque no vamos a volver a verles físicamente, ni podremos volver a tenerles entre nuestros brazos; pero quienes mueren no son quienes lloran, sino quienes les sobrevivimos.
La muerte es para mí como una vieja amiga porque ya se ha llevado a mis padres y a dos hermanas y seis hermanos, y también a mi amada esposa Anabella, a los 33 años. La he visto llevarse a muchos otros queridos miembros de mi familia y a muchos amigos y camaradas, por lo cual ya no debería dolerme cuando viene. ¡Pero siempre me duele cada vez que se lleva a alguien que deja un gran vacío en mi corazón!
Esto es lo que hoy estoy sufriendo. Discúlpenme los lectores por emplear este espacio para expresar la profunda tristeza que me causa la muerte de mi muy querida sobrina Lucrecia Palmieri Gómez acaecida ayer por la mañana, a la edad de 52 años. Había nacido el 14 de noviembre de 1953, hija de mi querido hermano Federico Guillermo y de su bella esposa oriunda de España, Ana María Gómez. La hermana mayor de Lucrecia se llama Ana María y desde hace muchos años vive en España pero milagrosamente está aquí por motivos de sus negocios y cuando su hermana cayó enferma retrasó su viaje de regreso para acompañarla. Dios le dio la oportunidad de estar al lado de su hermana durante sus últimos instantes de vida.
Lucrecia fue una mujer bella y atractiva que hacía que los hombres volviesen a verla a su paso. Y vivió intensamente, con sus altos y bajos, y tuvo una hija que se llama Ximena, a quien amó entrañablemente y siempre fue muy amada por ella. ¡Que descanse en paz!
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