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Guatemala, domingo 21 de marzo de 2010

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Opinión:

20 de octubre de 1944 (y 4)

Fin de la serie sobre la insurrección que se convirtió en Revolución.

Por: Jorge Palmieri

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
Rectifico tres datos: 1) el general Francisco Corado que era Comandante de la Guardia de Honor y el general Daniel Corado que era ministro de la Guerra, no eran hermanos, como siempre se ha creído; 2) no era de Quetzaltenango, sino de Chimaltenango el capitán Manuel de J. Pérez que impidió que el mayor Arana y otros oficiales desistieran de seguir en la insurrección porque aún no habían llegado otros encartados; y 3) no era Gustavo, sino Augusto el nombre del teniente Ponce Ruano que estuvo al frente de la batería de morteros en el Parque Navidad. Continúo:

Durante las primeras horas de la tarde del 20 de octubre, después de que Jorge Toriello insultó por teléfono al general Ponce Vaides y le amenazó con ir a sacarle violentamente, el capitán Arbenz ordenó que los tanques rodearan el Palacio Nacional para que el usurpador se diese cuenta de que no había sido una fanfarronada. Al poco rato, quienes todavía permanecían adentro enarbolaron una bandera blanca en señal de rendición y fueron saliendo, uno tras otro, con las manos en alto. Tan pronto los funcionarios de Ponce abandonaron el edificio, el mayor Francisco Javier Arana, el capitán Jacobo Arbenz y el civil Jorge Toriello integraron la Junta Revolucionaria de Gobierno que comenzó a emitir acuerdos. Los primeros fueron para convocar a elecciones para conformar una Asamblea Nacional Constituyente que debía elaborar una nueva Carta Magna, y el decreto 17 que estableció los 10 principios revolucionarios fundamentales. ¡La insurrección había triunfado!

¡El regocijo nacional era apoteósico! Nunca en la historia patria se había visto tanta unión en todas las clases económicas y sociales. En vista de que la Policía Nacional se había desbandado, se hizo un llamamiento público para integrar la Guardia Cívica y una inmensa mayoría de jóvenes acudimos a incorporarnos, recibíamos un uniforme de soldado y un viejo fusil máuser con unas cuantas balas. Hasta los más pequeños scouts se apostaron en los cruceros de las calles para dirigir el tránsito. Numerosas mujeres trabajaron como enfermeras. Yo fui acuartelado en el segundo cuerpo de la Policía, junto a La Merced, bajo las órdenes del capitán Ricardo Méndez Ruiz. Todos los días salíamos en un jeep a patrullar la zona céntrica de la ciudad para resguardar el orden y capturamos varios ladrones. No quedaba ni la menor duda de que el apoyo a la insurrección era unánime. Imperaba un espíritu de felicidad. Los guatemaltecos comenzamos a respirar el oxígeno de la libertad.

Aunque el movimiento cívico-militar fue denominado “Revolución del 20 de octubre”, se entendía que detrás del triunfo de la insurrección vendría la Revolución. Y así fue, en efecto. Desde que la Junta Revolucionaria de Gobierno se hizo cargo del poder, comenzó a desarrollarse una revolución que después confirmó y fortaleció el doctor Juan José Arévalo luego de haber sido electo Presidente de la República. El cambio que empezó a operarse en el país era notorio. Guatemala saldría del feudalismo para comenzar a incursionar en un experimento democrático que Arévalo llamaba “Socialismo Espiritual”, aunque sólo él entendía lo que significaba.

Quienes sufrimos los 14 años de férrea dictadura del general Jorge Ubico y los 108 días del general Ponce Vaides, nos dimos cuenta de que el cambio comenzaba a operarse. Guatemala comenzó a transformarse, paso a paso, en un país diferente. Como por encanto surgió la clase media, que no existió bajo las dictaduras. Tal vez algunos no se hayan podido dar cuenta de ello, pero se ha venido viendo cómo nuestros sufridos compatriotas indígenas, particularmente las mujeres, dejaron de caminar descalzos por las calles y los caminos empolvados y comenzaron a usar zapatos de material plástico.

Sin temor a equivocarme mucho, ni a exagerar demasiado, me atrevo a afirmar que el 20 de octubre de 1944 nuestra patria principió a transformarse en un país diferente al que fue bajo la larga dictadura del general Jorge Ubico Castañeda y el fallido intento dictatorial del general Federico Ponce Vaides. Por eso no me cansaré de gritar con patriótico entusiasmo: ¡Que viva el 20 de octubre de 1944! ¡Que viva la Revolución!
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2 comentarios:

  1. faviola ramirez: (2009-09-22 16:15:12 horas)
    pue yo pienso que la violencia no lo lleva a nada bueno y estoy en desacuerdo que hayan quitado a los soldados porque alguna veses ellos ayudaban a la gente pobre
  2. lesbia rosal: (2008-03-20 11:21:01 horas)
    esta mui vueno este articulo
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