Joaquín Sabina estaba de gira en México y cantaba frente a miles de personas. En medio del concierto se acercó al micrófono y dijo: “quiero que escuchen a un amigo, que toca increíble”, entonces salió Fratta tímidamente al escena- rio. Con su guitarra en la mano, y todavía sorprendido, cantó Angelitos negros, una canción que llegó a convertirse en una de las favoritas del público mexica- no y que en Guatemala se escuchaba constantemente a través del canal Telehit.
Después de esa presentación Sabina quedó tan fascinado que le pidió que siguiera acompañán- dolo: “te vienes con nosotros a la gira, pero eso sí, te traes otra ro- pita que con eso no vas a subir al escenario”, le dijo a un Fratta “en ropa de faena”, quien cola- boraba con el grupo haciendo desde guía turístico hasta halacables.
No tenía ni idea de que ese día iba a cantar en un estadio reple- to de fans del español, y menos se imaginaba que esos fans eran también suyos, que coreaban su canción y lejos de reclamar que Sabina volviera al escenario, como él temía, gritaban “otra”, tanto, que el cantautor español se quedó perplejo y le cedió gustoso el micrófono.
Y ahora, lo que tam- poco se espe- raba era la cantidad de personas que fueron a verlo a Trovajazz.
Hacía siete años que no cantaba en su patria. Aunque eso de “su patria” le parece una excentri- cidad. Él mismo no está seguro del país al que debe darle el honor. Su padre, Jorge Mario García Laguardia, se exiló en México en los años 70, cuando Fratta era un niño que apenas lograba abra- zar la guitarra. Desde entonces adoptó al D.F. como su espacio, y cuando sus progenitores pu- dieron volver a este país, él prefi- rió quedarse. “No he tenido una relación directa con Guatemala y creo que ya no soy de ningún lugar porque allá me consideran guatemalteco y aquí mexicano. Entonces es una indefinición en la que me pierdo”, dice con un acento mexicano muy marcado. “Yo, en México, estoy desde pár- vulos, toda la cultura mexicana es la mía. Además estoy muy agra- decido con el país y por esas razones uno lo que hace es pelear por el lugar donde está, donde vive”, agrega.
En México tuvo la suerte de asistir al Colegio Madrid, un centro en donde también estu- diaron los que más tarde serían los protagonistas de la escena cultu- ral mexicana: músicos, cineastas, actores y escritores. De esas aulas salió por ejemplo Caifanes y San- ta Sabina. Más tarde todos se apoyaron y Fratta hizo la música para varias cintas de sus compañeros de escuela o actuó en obras de teatro de otros de los que le acompañaron en la primaria. “Fue un semillero, casi toda mi generación se dedicó al arte. Creo que el núcleo nos ayudó mucho a salir adelante, logra- mos insertarnos en el medio por eso, porque éramos un grupo”.
Sonido etéreo
Seis discos recorren la carrera de Fratta, los primeros dos bajo el sello BMG y los más recientes de Antídoto e Into- lerancia, este último creado por él mismo.
En los discos se pueden escuchar las voces de Ely Guerra, Rita Guerrero y Julieta Venegas, además de instrumentos de algunos integrantes de Molotov y Santa Sabina. Con Julieta Venegas, Fratta trabajó por muchos años. “Al principio nos hacía coros y cuando se podía, ella tocaba sus canciones primero y ya después noso tros hacíamos el concierto. Al final terminamos siendo nosotros su grupo, yo era su bajista y el Sr. González las percusiones. Más tarde ella logró contrato con BMG y entonces yo tuve que ir- me porque en BMG no me podían ni ver”, cuenta Fratta.
A la pregunta de cómo defi- ne su música, siempre respon- de: “Harta fidelidad con sonido etéreo”, y la cara de signo de interrogación que pone quien cuestiona ya le es habitual. “Traducime qué quiere decir eso”, le pido y entonces confiesa que “es pop jazz. Lo que pasa es que el pop está tan manoseado por los grupos comerciales, que al decir pop ya la gente cree que eres Fey.
Antes era muy complicado decirlo, pero ahora ya se ha suavi- zado un poco. Mi pop es más jazzista, más fino, con más letras”, comenta. El concierto está pronto a empezar y Fratta está un po- co nervioso; lleva ya siete años sin pre- sentar- se en su país.
La última vez que lo hizo fue en 1997, en La Bodeguita del Centro y anterior a esa vez vino invitado por Raquel Blandón de Cerezo y trajo consi- go a Caifanes. Les pagaron con un viaje a Tikal, cosa que a ellos les pareció fantástica. Eso fue a principios de los años 80.
Aquella vez fue en Montúfar, ahora el sitio es más acogedor, pero él todavía no cree que se va- ya a llenar. Le comento que a la redacción llamaron varias personas preguntando por el evento, incluso una que creyó que se trataba de una broma por el Día de los Inocentes, “¿Fratta en Gua- temala, y gratis?”, no era fácil de creer. Al final, después de escuchar un poco de trova guatemalteca con Rony Hernández, Lenín Fernández y Coky Valdez, Fratta subió al escenario con sus músicos grabados en una consola, su bajo y su voz. “Tú eres un músi- co increíble, yo creí que eras cual- quier cosa, que tocabas y nada más, pero ya veo que no”, le dijo Joaquín Sabina alguna vez y se- guramente muchos de los asis- tentes pensaron igual.
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