En su columna del miércoles recién pasado (elPeriódico, p. 17), Mario Roberto Morales da en el clavo cuando afirma que aquí las élites “impiden, mediante prácticas monopolistas, que sus compatriotas gocen de igualdad de oportunidades para practicar la libre empresa”. Por lo tanto –añade–, no es de extrañar que, como consecuencia de ello, “las víctimas directas de los llamados desastres naturales (sean) siempre los excluidos de los derechos y obligaciones de la ciudadanía”.
A pesar de lo cual, en tiempos de (más) crisis estas mismas élites acostumbran desblindar su corazón y volcarse fervorosamente en ayuda a los (ahora sí, “pobres”) damnificados.
“¿Por qué”, se pregunta Morales, “este amor al prójimo se practica sólo cuando ocurren tragedias de escándalo, olvidando la catástrofe de largo plazo que constituye la exclusión de las mayorías de la igualdad de oportunidades, una igualdad que no es otra cosa que la justicia social?”
De lo recolectado como donación para asistir a las víctimas (granos básicos, harina, aceite, agua pura, sueros…), llama la atención la abundancia de dos rubros: el de ropa y el de medicamentos –buena parte de éstos, ya vencidos. Así las cosas, ya no es difícil imaginar el secreto placer con que, en estos días, la muchachada se deshace de sus trapos viejos (y no tan viejos), como excusa perfecta para que papi les vuelva a llenar el armario.
Con respecto a las medicinas vencidas, supongo yo que tan caritativas almas, en su repentino y epidérmico arrebato de sentimentalismo, ni siquiera se fijan bien en lo que están regalando; como si el propósito detrás de la acción, más que ayudar al otro, fuera aliviar incómodos malestares de conciencia.
En fin, ya lo dice la canción: “Dar solamente aquello que te sobra nunca fue compartir, sino dar limosna”.
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