Para un buen número de guatemaltecos la vida tiene la obligación de parecerse a una telenovela. La realidad, a partir de sus particulares puntos de vista y formas de narrar, adquiere siempre un tamiz estrambótico, tortuoso, radical.
Y así se van creando leyendas, mitos o simples reputaciones dudosas. “Pensé que eras un tipo extraño”, me dijo una persona con la que nos acabábamos de conocer. “¿Por qué?”. “Por lo que dicen de vos”. “¿Y qué dicen de mí?”. “No sé, que sos un tipo extraño”.
En lo de extraño, puede caber desde el conde Drácula hasta Lino Quintana, aquel que andaba con los de la Banda del Carro Rojo. Pero bueno, las ambigüedades, lo sugerido, lo no dicho son parte fundamental de ese folletín creado a la medida de nuestras más escabrosas fantasías personales.
Cada cierto tiempo, me entero de que tengo más vidas que un gato. Y eso que me he pasado la existencia aplastado en un sillón leyendo babosadas. La que más me divierte es aquella en donde fui tratante de blancas en Almería ¿O en Escuintla? Ya no me acuerdo. También está otra, en donde mi carrera periodística la comencé como columnista de una oscura revista pornográfica en Puerto Barrios. Me lié a tiros con el director, parece que por cuestiones de faldas.
A estas alturas del partido, lo único que me falta es haber sido enano en el circo Navarro, porque, para mi total sorpresa, he sido cantante de cuecas en los metros de París, pervertidor de menores en Tokyo, sin abrigo en Nueva York, pordiosero en Mónaco, vagabundo en Honduras, yonqui en Katmandú, poeta modernista en Guatemala, holgazán en Austria, extra en una pésima película africana, balletista en Nicaragua, hare krishna en Panamá, menonita en Belice, guerrillero en Luxemburgo, loco de atar en Hungría, mala influencia en Antigua, predicador en San Agustín Acasaguastlán…
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