Desde los 90 hasta la fecha han aparecido unas dos decenas de índices, si es que no más.
Pablo Rodas Martini
En las últimas dos décadas se ha dado una profusión increíble de índices. Uno de los primeros fue el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Le han seguido otros como el Índice de Corrupción, el Índice de Libertad Económica, el Índice de Competitividad, el Índice de Globalización, y fácilmente un par de decenas más. No pasa año sin que a algún organismo internacional o centro de investigación del Norte no se le ocurra crear algún nuevo índice.
Ese ha sido uno de los “últimos gritos” de la investigación: construir índices para casi cada faceta del desarrollo de los países, pues creen que los indicadores simples –tasa de analfabetismo, ingreso per cápita, etcétera– no logran capturar la esencia del avance en determinado sector o actividad.
La construcción de índices obviamente provocan las discusiones usuales: ¿incluye las variables que debería incluir? (en particular preocupa si está dejando fuera algunas variables esenciales), y ¿pondera las variables de la manera más apropiada? El IDH, por ejemplo, incluye educación, esperanza de vida e ingreso per cápita, y le da una ponderación de 1/3 a cada una. La interrogante obvia es: ¿no debería incluirse otras variables como libertad política o seguridad ciudadana? ¿Y será que 1/3 es la relación exacta?
Hace unos días se dio a conocer el resultado del llamado Índice de Desarrollo Democrático (IDD) de América Latina. Cuando entré a su web: www.idd-lat.org me topé con una construcción espantosa: 17 componentes, los cuales agarraban un abanico de variables de lo más variopinto y abigarrado. En lugar de llamarlo IDD habría que darle el nombre de índice arlequín o índice del revoltijo pues tiene cabeza de elefante, cuerpo de león, patas de pato, cola de ratón y escamas de pescado.
Veamos cuáles son las variables que incluye: 1) voto de adhesión política (participación electoral menos (voto blanco más voto nulo), 2) puntaje en el Índice de Derechos Políticos (se toma el Índice de Freedom House, que a su vez es un índice compuesto de varias variables), 3) puntaje en el Índice de Libertades Civiles (de nuevo construido por Freedom house), 4) género en el gobierno (en el Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial), 5) puntaje en el Índice de Percepción de Corrupción (el cual elabora Transparency International), 6) participación de los partidos políticos en Poder Legislativo, 7) accountability (compuesto de otras variables a su vez), 8) desestabilización de la democracia (de nuevo, una mezcla de otras variables), 9) desempeño de salud, 10) desempeño en educación, 11) desempleo urbano, 12) hogares bajo la línea de la pobreza, 13) puntaje en el Índice de Libertad Económica (toman el de la Heritage Foundation, que a su vez se compone de numerosas variables), 14) PIB per cápita en PPA (una forma particular de medir el PIB), 15) brecha del ingreso entre el quintil mayor y menor, 16) inversión (inversión bruta fija sobre el PIB), y finalmente se llega a la última 17) endeudamiento (deuda sobre el PIB).
Esto no debería llamarse índice, esto es un canasto del mercado donde cupo de todo.
Lo que se persigue con un índice es que logre capturar un concepto preciso a través de un número razonable de indicadores, no que se zambutan variables que van de la A a la Z para terminar con un collage sin forma ni contenido.
Guatemala obtendrá buenos resultados en variables como desempleo urbano, participación de los partidos políticos en el Poder Legislativo (porque tenemos muchos, ¿es eso bueno o malo?), o deuda pública, y malos en la mayoría de los otros indicadores, ¿pero, acaso sirve esa confusión metodológica para medir el desarrollo democrático de un país?
En síntesis, el supuesto IDD quiere decir tanto, quiere cubrir tanto, que al final no dice nada. Está bien que se creen índices, está bien que haya interés por desarrollar nuevos, pero por favor evitemos su profusión absurda, porque corremos el riesgo de llegar a extremos como el del IDD.
pablorodas@yahoo.com
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