Descubridor (y viajero frecuente) de una de las drogas más portentosas y estigmatizadas jamás conocidas, Albert Hofmann cumplió el miércoles pasado un siglo de vida. Fresco, lozano, dueño de una salud envidiable, Hofmann –ante la incredulidad y estupefacción de sus detractores– conserva la curiosidad de la infancia y la sabiduría de toda una vida dedicada al conocimiento.
Corrían los años treinta del siglo pasado y Albert Hofmann, empleado adscrito a la división de drogas naturales en la central de la compañía farmacéutica Sandoz, comenzaba a registrar notables hallazgos investigando los alcaloides del cornezuelo (un hongo casi ubicuo, parásito de la mayoría de los cereales, presente también en el pasto silvestre) y su utilidad para el tratamiento de hemorragias post parto y jaquecas.
Nacido el 11 de enero de 1906 en Baden, un pequeño poblado cercano a la ciudad suiza de Basilea, Hofmann provenía de una familia de tradición protestante. Según cuenta en su biografía, de niño tuvo una experiencia mística en la que se sintió unido con el resto de la Naturaleza. El trance sin duda imprimió en él una noción de espiritualidad más lindante con lo pagano que con la ortodoxia religiosa, y un interés por las Humanidades; de modo que, llegado el momento de elegir el rumbo de su profesión, sorprendió a todos –incluso a sí mismo– decidiéndose por la química. Así, en 1926 ingresa en la universidad de Zürich, y cuatro años después obtiene con honores un doctorado cuya tesis describe, por primera vez, la estructura molecular de la quitina.
El 16 de abril de 1943, de forma inadvertida absorbió –probablemente por vía cutánea– una sustancia semisintética de entre las muchas que venía aislando desde años atrás como fruto de sus investigaciones, y que resultó ser la dietilamida del ácido lisérgico (LSD) extraída a partir del cornezuelo. Experimentó a consecuencia de ello muy extrañas sensaciones, que le sugirieron someterse cuanto antes a un autoensayo, seguido por otros, utilizando cantidades ridículamente pequeñas. De hecho, se trataba de un componente extraordinario en varios aspectos.
Para empezar, era el más potente psicofármaco descubierto, cuya dosis debía medirse en millonésimas de gramo. Ninguna otra sustancia, natural o sintética, operaba a esa escala sobre el sistema nervioso central: la dosis activa en humanos iba de 1 a 3 millonésimas de gramo por kilo de peso.
En segundo lugar, ninguna droga era tan remotamente poco tóxica como aquella. Entendiendo por toxicidad específica la proporción entre dosis activa y dosis de envenenamiento, resultaba que en los licores podía ser de 1 a 8, en la heroína de 1 a 5 y en el barbitúrico de 1 a 4, mientras que en el LSD superaba con certeza la proporción de 1 a 600 y bien podría seguir mucho más allá, pues hasta hoy no se conoce un caso de sobredosis letal para humanos.
Además, se trataba de un fármaco desprovisto de tolerancia, que al usarse con asiduidad diaria dejaba simplemente de hacer efecto, incluso usando cantidades gigantescas. Tampoco presentaba capacidad adictiva. La metabolización acontecía en un tiempo récord (dos horas), comparada con la de cualquier otro compuesto psicoactivo. Asimismo, las constantes vitales prácticamente no se veían afectadas.
Hombre lúcido y sagaz, Hofmann intuyó inmediatamente la variedad de aplicaciones que podía ofrecer aquel descubrimiento. Mientras la tensa neutralidad suiza durante la Segunda Guerra Mundial le hacía montar guardia en un puesto fronterizo de alta montaña, aprovechó para proseguir con sus autoexperiencias y redactar varios comunicados científicos sobre el tema. Obtuvo también un preparado específico, el Delysid, que hacía disponible el fármaco para uso terapéutico, y que Sandoz regalaría a psicoterapeutas de todo el mundo (con un éxito notable, si se tiene en cuenta que hacia 1965 lo publicado sobre el LSD en revistas científicas superaba en extensión y variedad la bibliografía de todas las demás drogas descubiertas en lo que iba del siglo).
Revolución psicodélica
Habiéndola probado consigo mismo, Hofmann compartió la sustancia con el psiquiatra W. A. Stoll y con el escritor Ernst Jünger, quienes se acogieron a la experiencia con igual mezcla de asombro y entusiasmo. Algunos años después un sujeto llamado Al Hubbard (magnate financiero que había iniciado su carrera ocupando durante la Ley Seca un puesto de baja jerarquía en el Prohibition Bureau, desempeñando luego una fulgurante trayectoria en los servicios de inteligencia estadounidenses) fue quien, debido a su insaciable apostolado y gracias a las excelentes relaciones que sostenía con la clase política norteamericana, permitió a miles de personas relevantes experimentar con ella.
Sin embargo, la psicodelia sólo llegaría al gran público con las reflexiones que el escritor Aldous Huxley hizo en Las puertas de la percepción (1954), donde planteaba la necesidad de superar el dualismo platónico-cristiano (carne y espíritu, cielo e infierno, sujeto y objeto) cuya incoherencia fundamental se revelaba con especial claridad gracias al trance visionario.
Huxley denunciaba también la “agresión al ser humano” que suponía la comercialización de fármacos tradicionales. Más tóxicas y adictivas que las ilícitas, las principales drogas lícitas acarreaban el inconveniente adicional de promover embrutecimiento y conformismo: “Ahora el ser humano se encuentra subyugado por lo que creó, y sometido a sus leyes, que no son en modo alguno leyes humanas”, escribió en 1959.
Para 1963, la circulación de el LSD carecía aún de obstáculos legales, y los ficheros de psiquiatras y psicólogos reflejaban el tratamiento con ella a unos 35 mil pacientes sólo en Estados Unidos; entre ellos, la esposa del senador Robert Kennedy y el actor Cary Grant.
Objetivos militares
Mientras el mundo se estremecía con el delirio lisérgico, el Delysid interesó también a la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) estadounidense. Cuando ésta se transformó en CIA, su División Química puso en marcha, como Proyecto MK-ULTRA, un vasto programa secreto de investigaciones sobre el LSD. Guiadas por la meta de lanzar “ataques sorpresa” sobre “antiamericanos”, las investigaciones siguieron hasta 1960, cuando se hizo evidente que muchos agentes adscritos al Proyecto tomaban la droga por el mero gusto de hacerlo.
En efecto, algo que en 1953 prometía enloquecer a personas normales, había pasado en 1959 a presentarse como modo de fortalecer su cordura, e incluso ofrecía posibilidades muy útiles para potenciar la introspección y la creatividad. En tales condiciones no sólo era inservible, sino peligroso para los intereses defendidos por la CIA, que había estado comprando semanalmente a Sandoz un millón de dosis, y disponía ya de reservas colosales.
Estos y otros datos se hicieron públicos en 1977, a instancias de un subcomité del Congreso presidido por Edward Kennedy. Hoy se sabe que secciones especializadas de la Marina, el Ejército y la CIA usaron como ingenuos conejillos de indias a miles de civiles y soldados estadounidenses, y a un número imprecisable –pero muy superior– de laosianos, camboyanos y vietnamitas.
Castigar la herejía
El mercado negro de esta droga data de 1967, cuando entra en vigor su prohi-bición, y de inmediato plantea serios desafíos a la Policía. A diferencia de sus predecesoras en la ilegalidad, el LSD no requería cultivos, no era una sustancia proveniente de países subdesarrollados (sus principales fabricantes trabajaban en los departamentos de química y farmacia de las más prestigiosas universidades) y además actuaba en proporciones ínfimas: unas cien millones de dosis, contenidas en apenas diez kilos, aparecieron por aquella época en un camión que era, en realidad, un laboratorio móvil. Para 1970, el Gobierno norteamericano estima que unos 8 millones de ciudadanos consumen o han consumido LSD.
Diez años después de su proscripción había, entre Estados Unidos y Europa, alrededor de 20 millones de personas iniciadas al ácido, aunque el número de crímenes o accidentes fatales atribuibles a su empleo apenas alcanza en esa década los producidos por el alcohol en un solo día. De hecho, lo intolerable de las drogas visionarias no era que produjeran hábito o intoxicación. Como expuso Octavio Paz en Corriente alterna (1967), “las autoridades no se comportan hacia ellas como si quisieran erradicar un vicio dañino, sino como quien trata de erradicar una disidencia. Lo que despliegan es celo ideológico; están castigando una herejía, no un crimen”. La batalla contra la psicodelia era, pues, como es usual en tales casos, un conflicto entre derechos civiles y tradición autoritaria.
A cincuenta años de su aparición, y a treinta de su evanescencia, el boom lisérgico está de vuelta gracias al fervor de dos movimientos cuyas respectivas motivaciones no podían ser más distintas. Por un lado están los remanentes del rollo hippie: nostálgicos apóstoles del Gaia, fósiles marginados que promulgan ecología, sencillez de costumbres y un retorno a la vida rural, a la vez que riñen radicalmente con las tendencias dominantes –globalización, competitividad, acumulación de bienes, consumismo. Por el otro lado crece en número una subcultura adolescente cooptada por la moda y enganchada a la fiesta, la música trance, la mezcla irresponsable de fármacos, la evasión a toda costa y la temeraria transgresión de sus propios límites.
Los riesgos para este último grupo se derivan de la ilegalidad de una droga cuya extraordinaria baratura (la dosis cuesta un centavo de dólar, aunque se vende a precios que a veces superan los 300 quetzales), sumada a sus específicas propiedades (en el espacio ocupado por un décimo de gramo caben mil dosis) no sólo pone en grave aprieto a la policía de estupefacientes, sino permite que el mercado negro sea capaz de ponerla en manos prácticamente de cualquiera, en situaciones espantosamente inadecuadas muchas veces. Ignorando o desatendiendo precauciones mínimas sobre adecuada ocasión y compañía, algunos usuarios acaban entrando en situaciones de pánico. Otros sencillamente no deberían usar este tipo de drogas jamás, debido a su peculiar temperamento.
Con todo, no andaba lejos del augurio el poeta Henri Michaux cuando, tras ser uno de los primeros en probar LSD, expresó: “El riesgo es desperdiciar el alma, y la esperanza ensanchar sus confines.”
Coda
Fiel a su formación no sólo científica, sino también humanista, Hofmann continuó realizando investigaciones que lo llevaron a aislar y sintetizar otras sustancias psicoactivas, como la psilocibina y la psilocina, presentes en los hongos alucinógenos oriundos de Mesoamérica. Sus hallazgos permitieron a Sandoz el desarrollo de remedios como Hydergine (geriátrico), Dihydergot (medicamento estabilizador de la presión arterial) y Methergine (agente activo aplicado en prácticas ginecológicas).
Tras su retiro de la farmacéutica en 1971 (en 1996 Sandoz se fusiona con Ciba-Geigy y pasa a convertirse en el gigante Novartis), dedica su tiempo a leer y escribir. Hasta hace cinco o seis años consumía aún LSD; posteriormente dejó de hacerlo, o al menos eso asegura él. Es miembro del Comité del Premio Noel, la Academia Mundial de Ciencias, la International Society of Plant Research y la American Society of Pharmacognosy, y doctor honris causa por las universidades de Zürich, Estocolmo y Berlín.
“¿Qué tal si en vez de hablar tanto sobre la guerra contra las drogas, habláramos un poco sobre las drogas que podrían acabar con las guerras?”, espetó en una ocasión. Al parecer, nadie le hizo caso. Y aunque digan que no hay mal que dure cien años ni persona que lo resista, quién sabe: talvez el viejo Hofmann viva lo suficiente para depararnos una última sorpresa.
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2 comentarios:
corina salazar: (2008-05-10 11:34:45 horas)
muy buesn articulo casualmente en el canal infinito pasaron un programa sobre los primero medicos que trabajaron con LSD pero no los menciona en su articulo creo que era de canada. saludos
Ernesto Asturias: (2008-05-09 21:23:21 horas)
Acabo de terminar de leer tu articulo maravilloso, creo que el hecho de haber mencinado la cancion todavia me dejo mas de lo que a mi en lo personal significo.
2 comentarios: