Si hubiera otra vida, serían almas en pena recorriendo el hemiciclo.
Ana María Rodas
Aprendí muy pronto en la vida la importancia de una ley fundamental justa y serena. También aprecié a temprana edad el valor de contar con un Congreso formado por personas de ética intachable. Ello, creo, era una realidad en el momento en el que se integró en Guatemala la Asamblea Nacional Constituyente del año 45. Estaba formada por una serie de hombres destacados del país, de diversas tendencias políticas, y para orgullo familiar, mi padre, Ovidio Rodas Corzo, un periodista y un artista de la plástica, perteneció a ella.
Acabábamos de salir de Ubico, que huyó temerosamente a Estados Unidos cuando sintió los aires que soplaban, y del derrocamiento cívico militar de su fantoche, el general Ponce Vaides, famoso por aquello del jamás creí, jamás pensé. No puede recordársele por nada más.
Carlos García Bauer, Clemente Marroquín Rojas, Francisco Villagrán de León, José Rölz Bennet, José Manuel Fortuny, Bernardo Alvarado Tello y muchos otros nombres de reconocido valor en la historia del país, resuenan aún en la noche por los pasillos del edificio del Congreso. Si hubiera otra vida, serían almas en pena recorriendo el hemiciclo y las salas donde protagonizaron una de las más hermosas páginas de la historia de Guatemala. Almas en pena, digo, sufriendo la condena de tener que observar la escasa calidad y el nutrido número de diputados de hoy.
En el año 54, gracias a la CIA y a la traición de los militares guatemaltecos en los altos mandos de Ejército, aquella Constitución fue pisoteada, como presagio de los negros años que nos esperaban, años en los que nos tocó vivir bajo la sombra de los regímenes militares que acabaron, gracias a Dios, en 1985. Treinta y un años de secuestros, torturas, asesinatos encubiertos, desapariciones y masacres que no terminaron oficialmente sino hasta en 1996, año en que se firmó la Paz.
En aquel año de 1985 fue promulgada la nueva ley constituyente del país. Como 40 años atrás, seres notables produjeron y firmaron el documento. Gente de izquierda y de derecha, ciertamente; movidos todos los constituyentes por el deseo común de retornar a una forma de vida civilizada, que garantizara los derechos de un pueblo martirizado en exceso.
No recuerdo ahora el número de diputados constituyentes en el 45. Pero un grupo de ochenta y tantos, entre hombres y —pocas— mujeres, integraron la Constituyente del 85, que nos rige y que si tenemos suerte, nos regirá por siempre, con la adición de las enmiendas necesarias en el futuro.
Esas ochenta y tanto personas redactaron un texto que contempló la creación de una Corte de Constitucionalidad y de una Comisión de Derechos Humanos y un Procurador de la Comisión, entre otras novedades que fueron muy bien recibidas, destinadas a preservar el espíritu de la Constitución y a defender a los guatemaltecos de oprobiosas prácticas.
¿Cómo hemos venido a tener este Congreso, donde hay quienes tienen tratos con el narcotráfico, grupúsculos de analfabetos funcionales, comisionistas impenitentes, actores de una comedia de muy baja estofa?
Y lo que es peor: ¿cómo dejamos pasar aquella ley que aumentó el número de diputados, y por lo tanto, el gasto irracional de los escasos haberes del Estado?
Las constituyentes del 45 y del 85 tienen una característica extraordinaria en común: fueron integradas, en su mayoría, por personas notables, cuya inclinación ideológica no importaba porque para ellos primero era el beneficio común, el provecho del país, el sentimiento de privilegio de poder servir a su país. No llegaron a esos puestos con la visión puesta en el salario, las dietas, las prebendas, las oportunidades de lucrar y otros gajes del actual oficio de diputados.
A mi juicio, uno de los pasos más importantes para enderezar el rumbo del país lo constituye la reducción del número de diputados. Dos o tres por departamento, a lo sumo; y una magra lista nacional si fuera necesario. Y sobre todo, que los partidos políticos y agrupaciones cívicas propusieran nombres de personas notables como candidatos para las próximas elecciones, como medida indispensable e indiscutible para lograr sanear ese recinto.
(anarodas6845@yahoo.com)
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