El país termina exhausto después de la gran agitación, pero al final sigue estancado.
Pablo Rodas Martini
El año, los 12 meses, los 365 días en Guatemala, siempre se me han asemejado a un proceso o ciclo viviente. Cuando arranca enero es como si el país saliera de una profunda modorra, o más bien dicho de una resaca dejada por las fiestas navideñas y de fin de año.
El país despierta de golpe a su problemática socio-económica y política, y ya muchas veces desde la primera o segunda semana de enero puede que comiencen huelgas de maestros o algún tipo de manifestación callejera. La situación económica arranca con su complejidad y la violencia comienza a dar sus zarpazos. Lo único que tarda un poco en arrancar es la dinámica política parlamentaria, pues los diputados se preparan para su cambio de Junta Directiva y de presidencias de comisiones de trabajo, con lo que se les va casi todo enero en desperezarse.
Guatemala continúa así atropelladamente durante el resto de enero, febrero y marzo, y antes de Semana Santa es como si ya estuviera urgida de un descanso: el país luce sudoroso, fatigado, agitado, estresado. El asueto de Semana Santa hace que decisiones se posterguen y que los actores políticos y sociales estiren los tiempos. Las huelgas y manifestaciones obviamente desaparecen durante esa semana de descanso. Todos empacan sus bártulos y se van a las playas o se refugian en sus casas y en las procesiones.
Después de Semana Santa el país vuelve a despertar. Ahora ya no es tan de golpe como en enero, pues el feriado no ha sido tan largo. A partir del lunes o martes el país vuelve a su “normalidad” esquizofrénica, y reinician los problemas, las críticas y las quejas. Vuelve el atropellamiento pero ahora ya de manera ininterrumpida hasta llegar a mediados de diciembre, cuando vuelve a perder energía y el ritmo baja una vez más.
¿Es conveniente que baje la tensión durante Semana Santa? El lado bueno es que el país toma ese su segundo aire que permite distender la problemática, da la impresión como si los ánimos se aquietaran. El lado negativo, sin embargo, es que a nivel de resolución y toma de decisiones no sirve en lo absoluto: retrasa los problemas pero no los corrige. De ahí que el período relativamente largo que hay después entre Semana Santa y las fiestas de fin de año tengan al menos esa “ventaja”: los problemas se solucionan, estallan o… lo que más a menudo ocurre: se sabe que en definitiva no se resolverán jamás, pero al menos ya no hay un descanso que sirva de pretexto para no hacer nada.
Además de apreciar este ciclo de dos aires o alientos –el primero corto y el segundo largo–, también siempre me ha parecido que en los años preelectorales, como este, o aún más en los años electorales, como el próximo, esos ritmos se aceleran todavía más: el país se agita y se angustia más sin que de ninguna manera eso signifique que se avance más. El agotamiento y el estrés llega más pronto.
Países desarrollados también tienen sus ciclos o fases. Uno podría decir que la primera se da desde principios de año hasta el verano de medio año; siguen los meses bajos de julio o agosto, donde declina la actividad, y la dinámica se reinicia con mucha intensidad de septiembre hasta finales de año.
La diferencia, por supuesto, es que en esos lares se van tomando decisiones, los problemas se van solucionando y si bien puede que surjan nuevas dificultades, otras muchas van quedando aclaradas. Guatemala, por el contrario, da la impresión de una gran agitación, como que se hubiera corrido demasiado, como si hubiera habido un movimiento tremendo, donde todos terminan exhaustos, pero cuando se evalúa al final de la Semana Santa o al final de año si se solventaron los problemas, nos damos cuenta de que la situación sigue casi igual: los mismos problemas, las mismas peleas, las mismas quejas, el país estancado.
Esa agitación sudorosa sin resultados que sufre Guatemala es sin duda alguna una característica profunda del subdesarrollo de los pueblos: mucho ruido, mucha alharaca, pero poca esencia. pablorodas@yahoo.com
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