El humano condicionado solamente requiere píldoras de “sabiduría” dianética y new age para ser productivo.
Mario Roberto Morales
Las exitosas movilizaciones juveniles de Francia y las de inmigrantes en Estados Unidos, así como la victoria de la centroizquierda en Italia y la creciente y plural izquierdización de América Latina, son signos que, junto al derrumbe de la estrategia de guerra preventiva del fascismo republicano, anuncian el perfil político de la primera mitad del siglo XXI, habida cuenta del fracaso mundial del neoliberalismo, sus políticas privatizadoras y su ideología fundamentalista del fin de la historia y la utopía realizada.
Quedarán, sí, focos de resistencia neoconservadora. En el caso de América Latina, Uribe en Colombia y Arias en Costa Rica; quienes, ante el fin de la era neoliberal, tratarán por todos los medios de privatizar lo que les sea posible del Estado y las mentes y corazones de la ciudadanía que se deje seducir por sus tardíos cantos de sirena. En Guatemala, donde la izquierda se vendió a la cooperación internacional y a la oligarquía, y en donde estas gobiernan con el acompañamiento desembozado de aquélla, los oligarcas tienen fundadas esperanzas en continuar controlando el Estado. Por eso, se apresuran a realizar una reforma educativa ideologizadora que responde a la convicción (para ellos nueva) de que las mentes de las personas son un capital tan rentable como su mano de obra barata.
El esfuerzo ideologizador corre a cargo de cuadros neoliberales de clase media y gira en torno el conductismo, doctrina según la cual al ser humano se le puede enseñar a hacer lo que sea si se condicionan sus actos a estímulos que él mismo se puede proporcionar luego de “construirlos” con el docente en el aula, hecho que lo ubica un poco más arriba que el perro de Pávlov, quien necesitaba de una campanita ajena para sentir hambre. El humano condicionado solamente requiere píldoras de “sabiduría” dianética y new age para ser productivo, como vocea el proyecto GuateÁmala, del canadiense Bruce Mau, que enseña a reír cuando se quiere protestar por la falta de empleo y oportunidades.
La reforma educativa neoliberal en marcha –cuyos contenidos el ministerio respectivo mantiene en riguroso secreto (y si no lo cree ingrese a su sitio electrónico y verá que en él solo se publican esquematismos pedagógicos de esos que han desprestigiado a la profesión educativa ganándole fama de inocua)– pretende lo mismo, a saber: mentalizar a docentes y estudiantes en la ideología del “feliz” fundamentalismo de mercado, anulando disciplinas que enseñan a analizar, sintetizar y ejercer el criterio, reduciéndolas a “saberes remediales” enseñados en talleres conductistas “políticamente correctos”. Todo esto se acompaña de medidas de hecho como la privatización de la formación de docentes, quienes tendrán que acudir a centros educativos cuyos dueños son los mismos que en sus empresas imprimirán los miles de textos escolares que, financiados con nuestros impuestos y por la cooperación internacional, serán regalados, junto con computadoras, a los planteles educativos.
Este urgido esfuerzo ideologizador se acompaña de una intensa campaña política por prolongar el control oligárquico del Estado, echando mano de los comparsas de la ex izquierda que medran del erario nacional desde que firmaron los acuerdos de paz. En primerísimo lugar, la empresaria farmacéutica Rigoberta Menchú, así como otros con menos capacidad de victimización y efecto culposo sobre quienes erogan fondos para la pobrería del tercer mundo.
Ante el fracaso del proyecto neoliberal en el planeta y, en especial, en América Latina, las oligarquías y sus cuadros neoliberales de clase media despliegan toda suerte de estrategias de contención. Como en Guatemala no hay una fuerza política popular comparable a las de Argentina, Chile, Bolivia, Venezuela, Perú, Uruguay, Ecuador, México, El Salvador, Nicaragua o Brasil (a las que la proverbial incapacidad analítica neoliberal echa en el mismo saco llamándolo a todo “populismo”, un concepto que no define nada al querer definirlo todo reduciendo una totalidad a uno solo de sus rasgos), la reforma educativa oligárquica se aplica aquí como medida de contención ideológica para hacer de este país –junto a Colombia y Costa Rica– un bastión de resistencia neoconservadora a los cambios del siglo XXI.
Corresponde al movimiento magisterial revertir esta política reaccionaria mediante planteos alternativos y movilizaciones efectivas que, como las de nuestros exitosos paisanos ejemplares en Estados Unidos, eviten caer en la violencia y el sabotaje de los provocadores a sueldo.
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