Por qué debo ser incluido en la nómina de candidatos.
Acisclo Valladares Molina
Mi posible regreso al Ministerio Público debería invitar a una profunda reflexión –tanto a la Comisión Postuladora como al Presidente de la República, si fuese el caso– puesto que la concepción que tengo de la institución, que se ajusta con fidelidad absoluta a lo establecido por la Constitución Política– difiere de la que se tiene y se ha tenido en su manejo –excepción sea hecha– de aquel breve período en que la tuve a mi mando entre 1991 y 1992.
Se ha creído, y por eso se ha fracasado y se fracasa, que la principal función del Ministerio Público es la persecución penal, lo que carece de sustentación constitucional alguna y, paradoja de paradojas, conduce a que esta, la persecución penal, la que supuestamente se pretende privilegiar, fracase estrepitosamente.
También es mi concepto que el Jefe del Ministerio Público es el Fiscal General de la República puesto que así lo dice la Constitución algo que –increíble pero cierto– no se entiende o no se quiere entender. Bien dice al respecto aquella sentencia: “¡Qué buen vasallo, si hubiese buen señor!”. El personal del Ministerio Público fracasa por ausencia de jefe, en franca burla del mandato citado, errada concepción constitucional que conduce a que la responsabilidad se diluya y que, al final de cuentas, nadie sea responsable de nada.
Mi regreso al Ministerio Público implicaría pues, colocar a la institución en el preciso lugar institucional que le corresponde sujeta tan solo a la ley y no a autoridad alguna, auxiliar de toda la administración pública y de los tribunales de justicia.
Sabido es que no llegaré a “vegetar” a la institución sino a hacerla funcionar de acuerdo con el mandato constitucional que le rige y que implica el hacerla hacer lo que no hace: Velar porque se cumplan cada una de las leyes, hasta el más humilde reglamento.
Mi regreso a la institución implica retomar las políticas de Estado que se abandonaran en mala hora y que implican tolerancia cero con respecto al narcotráfico, sustentadas en las extradiciones requeridas de conformidad con la ley y en la persecución implacable de cualquier “pérdida” o “sustracción”, incluso de un solo gramo, del producto incautado. Mi regreso implica que la institución deje de utilizarse como un instrumento para satisfacer las pasiones políticas, concepción que hace de esta esbirro de opositores –inepto esbirro, además– y encubridor de autoridades. No se trata de algo que tenga que ver con mis virtudes y defectos personales, sino con toda una concepción distinta de su manejo, que se desprende de la Constitución Política. Implica ponerla en manos de quien tiene el firme convencimiento de que si aquel pacto de paz social no se respeta, la paz es imposible. De que si el Ministerio Público no funciona es difícil –imposible acaso– que funcione el Estado.
Esto es lo que está en juego en la nómina que se elabore y en la designación que se haga y que explica el porqué deben de ser objeto de la más profunda reflexión y de la más severa auditoría. La anarquía que amenaza al Estado no admite que se persista en los errores.s
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