Me regaló una magnífica residencia para los embajadores de Guatemala en México.
Jorge Palmieri
Era insoportable vivir en la casa que dos de mis antecesores habitaron en México, por lo antiestética, incómoda e insalubre que era. ¡Daba vergüenza que esa casa, en la que antes hubo un burdel, fuese la residencia de los embajadores de Guatemala! Nunca he sido adinerado, pero aquí teníamos una casa mucho mejor y no veíamos por qué íbamos a vivir en una casa tan desagradable, inadecuada e insalubre que estaba causando problemas respiratorios y alergias a mi hijo Alejandro. Así que en la primera oportunidad que tuve vine a decirle al Presidente de la República que iba a presentarle mi renuncia si no me autorizaba que nos mudásemos a otra casa. El general Lucas comprendió la situación y me autorizó buscar una residencia adecuada para que su gobierno la comprara, así como adquirió en New York una casa para el Consulado y la Misión ante la ONU.
Regresé a México lleno optimismo y a partir del día siguiente salimos todas las tardes a buscar una casa. Encontramos varias opciones que envié de inmediato a la Cancillería por la valija diplomática, pero en el gobierno es tan lento y tan largo el papeleo burocrático que no fue posible comprar ninguna de las casas que vimos. Mientras tanto, había tenido la satisfacción de ganarme la simpatía y la amistad personal del presidente José López Portillo y en cierta oportunidad en la que platicamos me preguntó cómo nos sentíamos en México y le respondí que estábamos felices en su país, pero, lamentablemente, encontramos una residencia tan incómoda e insalubre que estaba pensando renunciar a ser embajador en México y regresar a Guatemala.
Le informé que el presidente Lucas García me había autorizado a comprar una casa adecuada y que todas las tardes salíamos a buscar, pero que en Guatemala se tardaban tanto tiempo en el papeleo de las opciones que proponíamos, y nos hacían tantas preguntas absurdas, que habíamos perdido la oportunidad de comprar una de ellas porque las vendían antes que contestáramos. Entonces él me dijo: “Cuando encuentre la casa que más les gusta, y se acomode a sus deseos, dígame cuánto vale para que yo se la proporcione. No quiero que un embajador de la hermana República de Guatemala, que sea como usted, un buen amigo de México, se vaya en esa forma de nuestro país”. Se lo agradecí y le ofrecí que pediría al Gobierno de Guatemala que, en legítima reciprocidad, proporcionase al embajador de México, general Rafael Macedo Figueroa, una casa para instalar las oficinas de su embajada, porque sabía que estaba buscando una para las oficinas, porque la residencia es propiedad de México. Le pareció una buena idea y nos despedimos. Al día siguiente vine a informar de la plática al presidente Lucas, a quien también le pareció una buena solución a las necesidades de ambos países.
A partir de ese día buscamos con más ganas una buena residencia, pero en esos días se había producido el aumento en la producción petrolera mexicana y en el precio internacional del crudo, y los dueños de las propiedades subieron demasiado los precios. Hasta que, al cabo de varios meses, encontramos una magnífica residencia que llenaba nuestras expectativas, situada en Sierra de la Breña 96, Lomas de Chapultepec, una callecita cerrada y apartada del tránsito de vehículos, alejada del venenoso smog, con jardines y una vista sensacional, a dos cuadras de la avenida Reforma y a corta distancia de las residencias de los embajadores de Estados Unidos, Venezuela e Irán. Después del consabido regateo con los dueños, logramos que bajaran el precio a 20 millones de pesos, lo que entonces equivalía a un millón de dólares. Cuando se lo comuniqué al presidente López Portillo, en el acto dio instrucciones al secretario de Programación y Presupuesto, licenciado Miguel de la Madrid, para que inmediatamente extendiera un cheque a mi nombre por esa cantidad que debería tomar de la partida de sus fondos confidenciales en esa Secretaría. Además, otro cheque para pagar los honorarios del notario que haría las escrituras.
En eso subió Ríos Montt. Para nuestra vergüenza, Guatemala nunca cumplió con la reciprocidad. ¡Ni siquiera se ha puesto una placa en la residencia para agradecer el regalo! (Continuará)
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