El costo de las horas bajas de Álvaro Colom y la UNE.
Juan Luis Font
Hace apenas un mes era posible confiar en que el modelo político del país se beneficiaría de la existencia de una sólida oposición encabezada por la Unidad Nacional de la Esperanza. El proceso de construcción de un plan de gobierno liderado por Álvaro Colom hacía pensar en la posibilidad de que su bancada opusiera permanentemente un plan alternativo de gobierno a las iniciativas del régimen de Óscar Berger. Hoy, Colom se encuentra muy desprestigiado para encabezar con éxito ese esfuerzo.
Del alentador panorama que se pintaba con el líder de la oposición recibido en la Casa Presidencial para discutir con Berger medidas de gran trascendencia para el país, hemos variado hacia un esquema en el cual Colom se autodescalifica. Haber aceptado fondos de Marco Tulio Abadío deteriora de tal modo la confianza que podía inspirar el ex candidato a la Presidencia.
El debilitamiento de su figura, sin embargo, tiene costos inmediatos para el esquema político nacional. Resulta ahora más difícil avanzar en la edificación de un sistema más moderno, en el cual se produzca un debate permanente de altura entre oficialistas y opositores.
Su desprestigio puede incidir también en la fragmentación de una bancada ya de por sí difícil de articular e insumisa ante los dos o tres liderazgos internos siempre opacados por el control total de Colom.
Dada la fragmentación que por estos días padecen casi todas las bancadas, ya no es impensable que la Gran Alianza logre sumar de manera permanente los 80 votos necesarios para tener mayoría. Pero esa mayoría se lograría a costa de una gran inversión en términos monetarios, concesiones en materia de asignación de gasto y más desprestigio para el sistema político nacional. Ante esas circunstancias no es remoto pensar en un escenario semejante al que prevalecía en las vísperas del autogolpe de Jorge Serrano. Quizás ante estos temores el Ejecutivo y los dirigentes de la Gana se esfuercen en estos días por asegurar a Álvaro Colom que no existe ninguna intención revanchista en las investigaciones en torno al financiamiento de su partido con fondos públicos durante la campaña electoral.
Por último, la serie de revelaciones ocurridas alrededor del financiamiento de la campaña de Colom le da municiones a la visión maniqueísta que reduce la disputa política nacional a un pleito entre buenos y malos. Ese tipo de visiones es muy poco propicio para construir una democracia real, y tiende a fomentar la concentración del poder y la exclusión de los adversarios. Y no es eso lo que necesita este nuestro sistema político para despertar en nosotros ilusión y confianza.
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