Lejos, muy lejos de sus países, los turistas extranjeros en Monterrico (Taxisco, Santa Rosa), aprenden español o participan como voluntarios en proyectos ecológicos.
En internet, los motores de búsqueda despliegan páginas de información al ingresar la palabra Monterrico. Resaltan de esta aldea de Taxisco (Santa Rosa) las experiencias de visitantes extranjeros enamorados de la arena negra y de sus lugareños. Tanto, que el viaje programado para un mes puede extenderse dos años por el hallazgo de un amor local.
Según las cuentas de los entrevistados, Cupido hace de las suyas con al menos 3 de estas parejas –lugareño y extranjera, o a la inversa– por año. Parece poco, pero no lo es en este lugar donde nada pasa inadvertido para las 240 familias nativas que llevan bien las cuentas de cuánto duran juntas. No más de 2 años, dicen, porque la contraparte foránea decide regresarse.
Hay quien prueba suerte en el país del otro, pero termina por volver al de origen; será por el choque de culturas, supone Pablo Castellanos, un guardarrecursos del Centro de Estudios Conservacionistas (Cecon) de la Universidad de San Carlos. Él, con estudios en sociología en Ginebra, Suiza, señala la principal diferencia: la educación. Pero que hay excepciones, las hay. Algunas parejas viven en Monterrico y otras prueban suerte fuera del país.
Con la presencia de voluntarios extranjeros del Cecon, estudiantes de las tres escuelas de español o simples turistas, a los monterriqueños los alcanzó la transculturación. Éstos, habituados al caldo de mariscos, gallina criolla y frutas tropicales, cada vez más prefieren los sándwiches y las pastas. Y ya no hay quien comente con morbo o se admire cuando alguien camina por la aldea en pantalones cortos.
Amores de dos mundos
Son las 10:30 de la mañana de un día cualquiera entre semana. Eduardo barre entre las mesas y sillas, mientras Bridgitte pela zanahorias en la cocina. Las cadenas y el candado en la puerta principal son obvias respecto al horario de atención. Pero hicieron una excepción ante la visita inesperada.
Bridgitte (Fankhauser, su apellido de soltera) y Eduardo de Paz, aceptan la entrevista a tiempo que jalan una cajetilla de Marlboro y encienden un cigarrillo cada uno.
En principio, saber quién es el extranjero y quién el lugareño no es fácil; las dudas se aclaran cuando ella habla con ese acento alemán. Es una suiza de 33 años y él, un monterriqueño de 24; un matrimonio de 3 años de vida, sin hijos y que administra su restaurante, El Pelícano.
La diferencia de años de estudio entre ambos es grande: ella cursó los diez años obligatorios en su país más una especialización como asistente dental; en tanto que él llegó hasta quinto de primaria.
“Yo era chef en el Panza Verde (restaurante de La Antigua Guatemala) y me daba mis escapadas a esta playa”, recuerda Bridgitte cómo se conocieron. “Por aquellos días yo era encargado de un hotel”, agrega Eduardo. Y así nació el amor.
Todo marcha bien entre los dos y no cambiarían por nada donde viven. Sin embargo, hay algunas cosas que Bridgitte extraña, como salir a tomarse una cerveza con una amiga. “De no ser con alguna capitalina u otra extranjera, eso no es posible, porque aquí los hombres salen mientras las mujeres se quedan en casa”, rechaza. Es que para hacerlo deben pedir permiso, algo que esta nueva monterriqueña no hace.
He ahí, cree, el secreto de su éxito. “Aunque con frecuencia salimos juntos, somos muy independientes. ¡Aaah! Eduardo no es celoso”, asegura.
Los De Paz saben que hay otras parejas como ellos en la aldea, de extranjera y monterriqueño, (o capitalino). No obstante, a la mayoría le gusta mantener un perfil bajo y prefiere no contar su historia, aunque todos en el pueblo la sepan y se la cuenten a cualquiera que se las pregunte.
Intentos fallidos
Antes de decidirse a vivir en Monterrico, la pareja suizo-guatemalteca lo intentó en el país helvético durante año y medio. “Es bonito, bastante frío y sí me acostumbré, pero nos gusta más el calor”, justifica su regreso Eduardo, quien de paso aprendió alemán.
Pero tal parece que elegir dónde asentarse es la prueba de fuego para la mayoría de estos convivientes. Algunos se van y otros ni siquiera lo intentan, porque les cuesta verse fuera de su terruño, como le sucedió a la sobrina de Sabina Cuéllar. Vivió dos años con un estadounidense; él andaba conociendo el país y organizaba excursiones. Cuando él volvió a su país, ella no quiso seguirlo.
Geovany Colorado, un profesor de español en Monterrico, evoca otra fallida historia, la de una de sus estudiantes originaria de Canadá. “Creo que estuvo dos años. Se casó con alguien de aquí, pero después de un tiempo se divorció y se fue”.
Otro de los guardarrecursos del Cecon, César Augusto Flores, también tiene en mente varias historias de voluntarios –sobre todo voluntarias– enamorados de algún lugareño. “Era una italiana que vino por un mes y se quedó seis, porque vivía con un muchacho de aquí. Cuando decidió regresar a Europa, lo hizo con él, y a los dos meses el patojo se regresó solo. Yo creo que es un poco por el idioma o el clima que rara vez se adaptan”, ha notado.
Sabina, de 76 años, cree que la brevedad de estos enlaces se debe a que “sólo quieren mujer (u hombre) para mientras están acá”. Desde la posición de una extranjera, Bridgitte opina que los hombres de la localidad –y, en general, los chapines– son muy celosos y beben demasiado, hasta el punto de ponerse agresivos.
Las monterriqueñas son las menos para entablar una relación amorosa con forasteros –aunque hay algunos casos– porque no salen solas por la playa. “Los muchachos van con la idea de a ver qué se sueltan las gringuitas, al referirse en general a las extranjeras, aunque sean de origen europeo”, agrega Flores, el guardarrecursos.
Y, como dicen, “en río revuelto, ganancia de pescadores”, las foráneas son el “gancho” para hacer participar a voluntarios de la comunidad en los proyectos del Cecon.
Monterrico y el resto del mundo
El apellido de “área protegida” le sienta bien a Monterrico desde 1977, cuando fue declarado como tal y, más, desde 1986, cuando la Usac empezó un plan de manejo. Poco a poco se convirtió en destino de turistas extranjeros y, por lo tanto, en un mercado potencial para las escuelas de español de las que hoy funcionan 3 en la comunidad. El invierno de Europa (de diciembre a abril) es su mejor temporada.
Con todo esto, es un hecho que Monterrico experimenta un choque de culturas en que los lugareños están en cierta desventaja, pues les cuesta entender los valores de los otros. A Castellanos, por ejemplo, le preocupa la forma de ver una relación de pareja para una persona de fuera –que prefiere las efímeras– a la de un monterriqueño –más comprometido con su media naranja–. “Lo que hace falta es informar y educar a los nativos en cuanto a la forma de pensar del extranjero para evitar malentendidos y que se creen imágenes erróneas”, recomienda.
Por contar algo, cuando un(a) extranjero(a) invita a salir a un(a) lugareño(a), no necesariamente le va costear lo que se coman por allí; la invitación es sólo a salir. Un monterriqueño da por sentado que le costearán el paseo.
Colorado cree que se debe a que los foráneos normalmente vienen a vacacionar, se instalan en los hoteles y no conviven de manera directa con los pobladores. Para aliviar algo de esta situación, a este profesor de español se le ocurrió que sus estudiantes vivan en casas de monterriqueños. Hasta el momento, asegura, los resultados de su experimento con los ocho participantes e igual número de familias, donde comen y duermen bajo el mismo techo, son satisfactorios.
Todo cambia
La presencia de los extranjeros ha modificado algunas costumbres de los nativos en cuanto a la comida (ahora piden platillos extranjeros), a la forma de vestir (bañarse o asolearse en traje de baño) y de divertirse.
Los nacidos en Monterrico, como Sabina, reconocen que la aldea ha prosperado y hay más trabajo, “pero –opinan– la perdición se puso tremenda”, al referirse a la vida nocturna del pueblo. En la aldea de 28 kilómetros cuadrados hay un café internet, 4 bares (pubs), 18 hoteles y 20 restaurantes, la mayoría de sus propietarios la constituyen extranjeros casados con guatemaltecas, no necesariamente de la localidad.
Lejos han quedado para ésta y otros monterriqueños aquellos días en que la caída del Sol marcaba el fin del día, porque ahora la vida sigue toda la noche cuando se puede.
La gente del Cecon lo ha notado, ve con preocupación tal situación y hará sus recomendaciones en la revisión del plan maestro en mayo del próximo año. “Para una mejor relación con los lugareños y que no cambie drásticamente el entorno, creemos que se debe recordar al turista que éste es un lugar ecológico y no un área roja”, adelanta Castellanos un poco la propuesta.
Todo pinta a que Monterrico no volteará la hoja hacia atrás, más bien tendrá que aprender a convivir con otras formas de pensar. De igual manera, también los lugareños opinan que el turista tendrá que tomar para sí aquel dicho de “a donde fueres, haz lo que vieres”.
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