“¿Bajo la influencia de qué sentimientos se decide el hombre… a exponerse al peligro y… a matar a sus semejantes? ”. Tolstoi
Arturo Monterroso
Mientras escribo esta primera línea trato de recordar cuando fue mi último momento de plenitud, de eso que puede llamarse paz interior o, simplemente, tranquilidad. No lo recuerdo. Acaso se deba a que la mayor parte de la vida pasa entre la zozobra y la iniquidad. Y también a que la paz ha probado ser un estado inalcanzable, si entendemos por esto no sólo la ausencia de guerra y la tranquilidad pública, sino el predominio de la justicia y la concordia entre los seres humanos. No el precario equilibrio entre distintas fuerzas bélicas, como sucedió durante la confrontación este-oeste, ni la paz de los conquistadores, los imperios, las religiones y las ideologías.
Sin duda tienen razón quienes dicen que la historia de la humanidad es la historia de la guerra; un recuento de batallas de las que sólo se regresa para tomar un respiro. Mas aún, la agresión parece ser la única manera de arreglar nuestros asuntos. ¿O no es así como se dirimen las contrariedades del amor, la política y los negocios? ¿Y no es así como se ha impuesto la civilización occidental a lo largo del planeta? En nombre de la patria, de las ideas, del comercio, de la fe que profesamos, estamos dispuestos a matar a otras personas, a destruir ciudades, a tomar lo que no nos pertenece. En Guerra y paz, Lev Tolstoi se pregunta: “¿Bajo la influencia de qué sentimientos se decide el hombre, sin tener un interés visible, a exponerse al peligro, y lo que es aún más asombroso, a matar a sus semejantes?” La respuesta es la conquista, la explotación de otros pueblos, la imposición de una determinada cultura sobre las otras. Y las reacciones violentas que, inexplicablemente, todavía causan asombro.
Este es el pensamiento dominante: atrás de la línea donde empieza un país diferente habita siempre un posible enemigo; sobre todo si su piel es de un color diferente o sus creencias nos son extrañas o no comparte nuestras ideas. Y porque quien no está conmigo en mis justas causas, está contra mí. Porque el otro siempre es el infiel, el equivocado, el que yerra, el subversor. Y tan justo se siente quien, ocultándose en las sombras anónimas del terrorismo, destruye vidas inocentes, como quien desata la guerra en nombre de la paz.
Hace ya veinte años, en un tren que me llevaba de Moscú a San Petesburgo, me fui pensando en la imposibilidad de la paz. Era un tren nocturno y las primeras nevadas de fines de octubre empezaban a cubrir los árboles y el paisaje desolado, tan desolado como me sentía en esa larga noche, cuyo único calor venía de una taza de té por la que había pagado apenas tres cópecs. Y me acordé de Boris Pasternak y del doctor Zhivago, su versión sentimental de la revolución rusa; de Tolstoi y la imposibilidad del amor en Ana Karenina, y de algunos versos de Pushkin, el poeta romántico que falleció después de batirse en duelo para salvar su honor. No como Tolstoi que murió sentado en el banco de una estación de tren, posiblemente sin haber encontrado la paz. De Pushkin acabo de acordarme nuevamente por estos versos que dicen: “Ya es hora, amiga, ya es hora, / el corazón quiere sosiego, /En el mundo no hay dicha, / pero hay tranquilidad y libertad. “ Concuerdo con el poeta en que la dicha es escasa o del todo ausente pero no se de dónde sacó que la tranquilidad y la libertad son posibles, como no sean estados fugaces de la conciencia o privilegio de aquellos que descansan, esperando el tiempo de la guerra.
Mientras escribo estas últimas líneas, trato de encontrar asideros para apoyar una teoría de la paz como una posibilidad humana. Pero las noticias de los últimos días no son nada alentadoras: el ataque terrorista en Madrid y el asesinato del líder espiritual de Hamas, confirman que no podemos esperar sino zozobra e iniquidad en los días venideros; como si los tiempos de la ira no fueran a terminar jamás.
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