La aceptación o no de la pena de muerte en nuestra legislación es de esos problemas que provoca la escisión entre ciudadanos.
Luis Córdova Mejía
La aceptación o no de la pena de muerte en nuestra legislación es de esos problemas que provoca la escisión entre ciudadanos. Yo me preguntaba cuál ha sido la posición de la Iglesia Católica al respecto; investigando, me encontré conque ésta nunca ha negado que la autoridad legítima posea la potestad de infligir la muerte como castigo. Desde el concilio de Letrán del año 1,215 se plasmó lo siguiente: «Puede infligir sin pecado la pena de muerte, siempre que actúe motivada por la justicia y no por el odio y proceda a ella con prudencia y no indiscriminadamente». Esto no ha sido modificado por ninguna otra sentencia solemne que haya dictado el magisterio
de la iglesia.
Es actualmente cuando la situación ha cambiado, algunas ONG y también algunos clérigos han llegado lejos y definen la pena de muerte como contraria al espíritu cristiano y en desacuerdo al evangelio. Pero, es de interrogarse por qué la iglesia bimilenaria no ha declarado ilícito el suplicio que cualquier Estado inflige a sus reos.
El actual proceso de pseudosensibilización no tuvo su origen en el ámbito cristiano sino en el laico. La iglesia ha declarado legítima sin excepción la pena capital, algo que según las creencias actuales es un delito, un crimen y una traición al evangelio; pero, si nos vamos al Antiguo Testamento, Dios no sólo permitía la pena de muerte sino que la ordenaba Él mismo.
Es menester mencionar que en el Nuevo Testamento, según lo han entendido los Padres de la Iglesia Católica, la pena de muerte es indiscutiblemente legítima, pero no se concluye que ésta sea siempre oportuna. La oportunidad depende de un juicio que varía según los tiempos. El problema para el cristiano es: «Si Dios da la vida, ¿es lícito que el hombre se la quite a otro hombre?» Hay quienes responden en contra de la pena de muerte, pero admiten en cambio el derecho de la sociedad a encerrar en prisión a los culpables de un crimen. A éstos se les puede argumentar, si Dios ha creado al hombre libre; ¿cómo pueden los hombres quitarle esa libertad a otros hombres? El derecho a la libertad cualquier juez lo infringe cuando condena a alguien. Se dice que la vida es un valor superior al de la libertad ¿estamos seguro de ello?.
Existe otra cuestión y es que la tradición cristiana ha visto en el delincuente un candidato seguro al paraíso; porque, al tener tiempo de reconciliarse con Dios, acepta libremente el suplicio como expiación de su culpa. Tomas de Aquino escribió: «La muerte que se inflige como pena por los delitos cometidos, levanta completamente el castigo por los mismos en la otra vida, la muerte natural repentina en cambio no lo hace». Tanto así que dice un proverbio: «de cien ahorcados, uno condenado».
Reflexionemos sobre lo anterior y no nos dejemos llevar por esa superficialidad laica de nuestros tiempos. El problema está en la pena de muerte cuando es motivada por la irreligiosidad de la sociedad contemporánea.
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