“¿Vos, a dónde vas?”, preguntó José González a quien estaba sentado a su lado en la banca del aeropuerto del Distrito Federal. “A Monterrey”, contestó su interlocutor. ”Nooo, ¡yo también!”, exclamó entusiasmado José.
Con la intención de que el vuelo a la tierra de los “regios” se hiciera más corto le habló de nuevo: “¿Y qué vas a hacer?”, preguntó. “Voy a estudiar al Tecnológico”, contestó Ludwing Altán. José sonrió y estrechó la mano de quien se convertiría en su inseparable amigo. “¡Yo también voy para allá!”, dijo mientras se anunciaba la salida de Aeroméxico por el altorparlante.
A Ludwing llegó a recogerlo Daniel López, un amigo suyo de la secundaria, también guatemalteco. “Yo no tengo en dónde quedarme”, les dijo preocupado José. “No te aflijás, allí nos arreglamos”, le respondió Daniel, camino al hostal en donde se alojaron una semana.
Debían instalarse rápido y estar listos para la plática de introducción la noche siguiente en la Escuela de Graduados en Administración y Dirección de Empresas (EGADE). Al final, de esa reunión, Sergio Galindo, otro ex compañero de Daniel, apareció con sus maletas para unirse al grupo.
Luego, los cuatro guatemaltecos se dieron a la tarea de encontrar casa. Alquilaron el segundo piso de una residencia que está a 15 minutos del Tecnológico de Monterrey (TEC).
“Nos enteramos de que el dueño tenía algunas deudas, así que, a cambio de un descuento, le ofrecimos una oferta que no pudo despreciar: ¡cuatro meses por adelantado!”, dice entre risas José, mientras hace cuentas de los US$170 que debe aportar cada mes para completar la renta. “No compramos nada a plazos, ¡nos ahorcarían!”, dice con un tono más serio.
Los guatemaltecos comparten gastos
Para Sergio Galindo, estudiar en el TEC también significó dejar a su familia año y medio. Por lo menos hasta diciembre de 2005 pospuso sus planes de casarse y renunció al puesto en la empresa donde asegura que le iba de lo mejor. Todo “con tal de aprender más y prepararse para el futuro”.
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