Carlos Vielmann, un industrial, hombre de derecha y amigo del Presidente, se crió a caballo entre la capital y la finca de su abuelo en Retalhuleu. Allí, dice, tuvo la oportunidad de conocer a la Guatemala de la gente que vive en la pobreza.
Su formación en la política, gremial en todo caso, llegó cuando comenzó a dirigir la Cámara de Industria junto a otros industriales tan prominentes como Juan Luis Bosch. Es allí donde aprende a “tratar de entender los puntos de vista del otro”. Aunque hay quienes lo tachan de ser de la extrema derecha, él asegura que se trata de gente que no lo conoce a fondo. Se presenta como un hombre incluyente que sostiene amistad con el sindicalista José Pinzón y tiene buena relación con la diputada Nineth Montenegro. Aunque ahora tiene la camiseta de Ministro y ha dejado de lado la crítica hacia el gobierno, sabe que su paso por la política es temporal. “Soy empresario y moriré siendo empresario”, se define.
¿En qué es diferente esta Guatemala a la de su juventud?
– Era otra Guatemala, de alguna manera. Aunque uno era más pequeño, era dueño de la calle. Conseguir que un hijo de uno se monte en una camioneta de línea y no le pase nada es uno de los grandes retos que tenemos. Cuando tenía 15 o 16 años nos subíamos a buses de ruta y no pasaba nada. Ahora tenemos una vida más agitada, con más demanda de consumo. Otra cosa es la falta de oportunidades. Antes, la clase media tenía más oportunidades de crecer, de subir a una clase media alta. Era una Guatemala que tenía un conflicto armado que fue más en el área rural que en el área urbana.
Un “dueño de la calle”. ¿Se crío usted más en el área urbana o en Retalhuleu, donde tiene extensiones de terreno?
– Mi abuelo las tenía. Yo, de patojo, llevaba una vida de colegio como todo el mundo. La mayor parte del tiempo la pasé en la capital. Para las vacaciones íbamos, toda la familia, largas temporadas a la finca de mi abuelo. Con él teníamos una vida familiar muy fuerte, él era…
¿Cómo un patriarca?
– Más bien mi abuela. Eso era un matriarcado.
Usted que pasó largas temporadas en la costa sur, ¿cómo definiría al campesino de esa zona?
– Yo he trabajado en el interior, incluso tengo una propiedad en Chicacao. Tengo además una fábrica en Sanarate. De patojo jugábamos muchísimo con la gente de la finca, era otra época. Ahora, cuando uno los mira, les tiene mucho cariño. La gente en oriente es mucho más abierta, más rápido lo trata a uno de vos. En Chicacao, la gente es buena gente. Al final, el guatemalteco es buena gente.
Me cuenta que tiene una propiedad en Chicacao y la otra vez me decía que le gusta ir a ver sus limonares allá, ¿qué tanto es usted un hombre de campo?
– He trabajado en el área industrial siempre, hasta antes de venir acá. Cuando salí de Presidente de la Cámara de Industria me involucré en la parte agrícola. Es como un hobbie, como una terapia. Me gusta relacionarme con la gente, me siento cómodo con esa gente. Entiendo el esquema de ellos.
Al principio de la conversación hablaba de la guerra. ¿Cuándo descubre usted que había otro país, una Guatemala alzada en armas, gente de izquierda?
– Yo creo que soy de las personas que tuve el privilegio de nacer en otro esquema. Pero también tuve la oportunidad de jugar con gente… pobre.
No le hablaba yo de los pobres. Le decía de la Guatemala alzada en armas… ¿Cómo descubre la existencia de eso?
– Conforme crecía, conocía lo que era el conflicto armado. Hubo amigos de ambos bandos que murieron. Había limitaciones de ir a lugares, como Atitlán. Pero tuve la oportunidad de conocer a fondo el tema, en la Cámara de Industria. Allí conocí toda la problemática del conflicto armado. Allí, cuando Juan Luis Bosch era Presidente de la Cámara y yo director, hicimos propuestas sobre el conflicto armado. Y era un trabajo cuesta arriba porque el sector privado era el sector agredido. Habían quemado instalaciones agrícolas, habían matado a miembros de la Cámara de Industria, había secuestros. Pero había un consenso en que había que parar la guerra.
– Sí. En el tema de plata, por ejemplo, hay muy poco aprecio a los recursos (en las instituciones estatales). Es eso de que: “Lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta”. Hay que cambiar la Ley de Servicio Civil, pues hay situaciones que impiden que se haga carrera de servidor público y están cambiándolos cada vez que hay cambio de gobierno.
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