Fue en septiembre pasado, durante la asamblea general de la ONU, que asocié el nombre del candidato con su rostro.
Howard Dean, un general retirado que desde el bando demócrata supo conectar el clima antiguerra en Estados Unidos, era la misma persona que había visitado Casa Presidencial, en Guatemala, no hacía mucho. Esa vez habló resueltamente de la región, donde había vivido; además tenía muy claras referencias de nuestra Historia.
Ahora las cosas en Estados Unidos han cambiado. Dean se ha retirado. John Forbes Kerry, que en ese entonces tenía apenas un dígito de intención de voto, es ahora el virtual competidor del presidente George Bush en las elecciones del 2 de noviembre.
A principios de año, Dean incendiaba discursivamente su país, pero Kerry, aristócrata de Boston, asociado popularmente con John Kennedy por su origen y siglas, JFK, fue más pragmático y se lanzó con todo en Iowa.
Poco antes había cambiado su equipo de campaña, con lo que inició su inflexión. Nombró a Mary Beth Cahill, ex jefa de Gabinete de su compañero senador por Massachusetts, Edward Kennedy, quien rápidamente estableció una clara estructura de comando.
Pero el mensaje que en septiembre escuchábamos de Dean, a pesar del ceño fruncido de muchos demócratas, la prensa liberal y algunos intelectuales, que temían ser tachados de antiyanquis si criticaban la guerra en Irak, dejó huella en esa marcha electoral. Sacudió el miedo y ha quedado como aporte a los demócratas.
En los siguientes meses lo recogieron Kerry y su competidor hasta esta semana, el senador John Edwards. Los demócratas han dibujado su oferta electoral, cerraron filas tempranamente, como pocas veces se ha visto, y se preparan para el sprint.
Hoy por hoy la intención de voto de los estadounidenses favorece a Kerry sobre Bush. La diferencia, cuatro puntos, es técnicamente un empate. Por eso, el demócrata precisa de una figura parecida a Edwards, hasta el martes pasado su competidor, para atraer a los votantes independientes y republicanos “suaves”.
Ariel Dorfman, un conocido escritor chileno con varios años de residencia en Estados Unidos, que conoce a John Kerry, piensa que el candidato es “demasiado inteligente” (“rechaza toda respuesta fácil, su análisis es complejo, porque el mundo es complejo”) para ganar la Presidencia.
Expertos como Barbara Probst creen, en cambio, que sus paisanos saben muy bien lo que ocurre, resienten la pérdida de 2 millones de empleos, así como los escándalos financieros de las corporaciones y la merma de los derechos sociales.
El tema electoral en Estados Unidos importa a los guatemaltecos tanto como los comicios locales. No sólo son las elecciones en ese país, cada cuatro años. Es también el estado de la economía, los precios y el empleo; cómo evoluciona la legislación, especialmente con los emigrantes y el comercio.
No es para menos. Alrededor del diez por ciento de nuestra población trabaja en ese país. Sus remesas alivian nuestra pobreza y ayudan a disminuir la brecha de la balanza de pagos. Estados Unidos sigue siendo nuestro principal socio comercial.
Hemos firmado con ellos un Tratado de Libre Comercio, que seguramente no será aprobado en el Capitolio este año. Quedará para el próximo período de gobierno. Y, como se sabe, en ese tema hay voces disonantes de los demócratas, que consideran indispensable exigir mayores compromisos de nuestros países en temas laborales, ambientales, fiscales y de derechos humanos.
En fin –aunque se ha admitido de manera oficial hace pocas semanas lo que ya sabíamos– Latinoamérica no es prioridad en este momento para Washington, es verdad de Perogrullo reconocer otra vez que su sello en la política global es irresistible, y más en su zona natural de influencia.
Nuestros emigrantes, documentados o indocumentados, en esa nación del Norte tienen, en general, menos derechos –laborales, de servicios públicos y políticos, pues están menos representados y organizados– que el resto de mesoamericanos. Por eso, el primer interés nuestro debe ser equiparar esas condiciones.
Adicionalmente, 2 millones de guatemaltecos dependen en gran medida de las remesas que reciben de aquellos arrojados salta-fronteras.
En los registros oficiales las remesas han aumentado de manera impresionante. De unos US$600 millones que registraba la banca oficial hace 10 años, ahora sobrepasamos los US$2 mil millones. El año pasado rebasamos, incluso, a El Salvador.
No es que la cantidad de guatemaltecos en Estados Unidos se haya triplicado. Tampoco sus salarios. Hay sospechas serias de que buena parte de esas remesas son en realidad dinero lavado.
De ahí la insistencia, en la pasada Cumbre extraordinaria de las Américas en Monterrey –el 12 y 13 de enero– de establecer controles sobre las remesas para todo el hemisferio. Me sorprendió el tono del debate al que se había llegado sobre ese asunto, en apariencia inocuo.
Los estadounidenses argumentaban que los controles permitirían disminuir el gravoso costo de las comisiones a casi la mitad. Los contraargumentos eran muy variados. El hecho es que en la víspera de la reunión de los mandatarios, éste era uno de los tres corchetes pendientes de consenso en una declaración de más de una decena de páginas.
Al final, todo mundo entendió el mensaje y se asumió el compromiso de que, a más tardar en 2008, todas las remesas estarían reguladas.
¿Qué puede representar un Presidente como John Kerry para nuestra región? Por el momento, tiene el apoyo de los hispanos, por sus ofertas de economía y empleo (no está clara su propuesta migratoria) y, sorprendentemente, de política exterior.
En asuntos de gobernabilidad, incluidos derechos civiles, económicos, sociales y culturales, los demócratas sin duda estarán más arrechos. En materia comercial serán cautos. Por ahora la tarea es preparar esos escenarios.
0 comentarios: