Un homenaje a una mujer que se adelantó a su época, porque le vedaron el poder de decir y aprender.
Sylvia Gereda Valenzuela
Decía Napoleón Bonaparte que la mano que mece la cuna es la mano que gobierna el mundo. Las mujeres estamos hechas de una extraña esencia de poder. Quizá por ello hemos sido las más atacadas, las más amordazadas.
El lunes se celebró el Día Internacional de la Mujer. A decir verdad, yo no celebré nada. Me niego a hacerlo mientras en en este país continúe aumentando el número de huérfanos, mientras sigan las cifras de dolor de padres que pierden a sus hijas, y esposos que enfrentan la vida sin sus compañeras.
El año pasado, 380 mujeres fueron asesinadas, ¿ya se percató de que usted, su hija o su madre pudieron haber sido una de ellas? ¿Y el nuevo Gabinete de Seguridad, qué hace para detener estos asesinatos? Hoy día no veo más que un puño de funcionarios espulgando documentos para dimensionar lo que el FRG robó. Mucho cuento, poca acción.
Y así, mientras en los Estados Unidos y Europa se festejó en honor de la mujer, en Guatemala el día transcurrió en medio de lágrimas de cientos de familias que han pintado su paisaje de negro, color zopilote.
Por ellas, las más de 700 mujeres ejecutadas y torturadas en cuatro años, y por las que aún estamos acá intentando forjar un mejor país, rindo un homenaje a la “Décima Musa”, una mujer que ha sido inspiración de muchas desde hace más de 300 años.
Ella, sor Juana Inés de la Cruz, se presentó ante mí en un pupitre de universidad. Una voz llena de sabiduría que provenía de mi catedrática de Teatro, Ana María Valdeavellano, me mostró el poder que encierra el interior de una mujer que lucha por sobrevivir en un mundo que intenta apacharla. Es una lección de vida que hoy comparto.
A sor Juana le vetaron el saber y el decir. Se lo vetaron por mujer, porque una mujer no podía saber. Y se lo vetaron por monja, porque una monja no tenía derecho a decir.
Sor Juana nació en México en 1648, cuando a las mujeres se les prohibía estudiar, opinar, conocer. En medio de una sociedad inquisitorial y patriarcal que no admitía la libertad de espíritu de una mujer, su único camino para tomar los libros fue ingresar en una congregación religiosa a los 16 años. Antes de los 20 ya una autodidacta, todo lo aprendió en los textos sin maestros ni condiscípulos. Su vida fue búsqueda apasionada e incesante del conocimiento, a lo que ella denominaba su “negra inclinación”. “Podía comigo más el deseo de saber que el de comer”, explica en su ensayo autobiográfico.
A sor Juana se le llamó loca porque la transgresión y el coraje han sido para los poderosos lenguajes de locura, como bien lo supieron las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina –“las locas”, Nineth Montenegro o las viudas del Conavigua– cada vez que alzaron la voz.
Pero sor Juana fue una mujer que se adelantó a su tiempo y superó las fronteras impuestas en la Colonia. Fue perseguida por entrar en un terreno vedado.El mayor escándalo lo desató cuando impugnó la tesis teológica de un jesuita portugués. El Obispo de Puebla le obligó a limitarse a sus labores religiosas. No en vano, trazó sor Juana sus famosas redondillas que en sus primeras dos estrofas dicen: “Hombres necios que acusais/ a la mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocación/ de lo mismo que culpáis./ Si con ansia sin igual/ solicitáis su desdén/ ¿por qué queréis que obren bien/ si las incitáis al mal?”.
Sor Juana es una de las figuras más importantes de las letras su poesía que es tratado al amor y al Dios que habita en nosotros. Ella cantó a la vida, pero también a la piedad. En 1690, cuando México sufría de hambres y pestes, vendió sus posesiones y dio a los pobres, hambrientos y enfermos.
Isócrates, en su discurso a Necocles afrima que los verdaderos maestros de las almas son los antiguos poetas. Hace más de tres siglos moría sor Juana en su celda del convento, asolada por una peste. Sin embargo, su obra sobrevivió al temible paso del tiempo.
La personalidad serena de la religiosa es una anticipación de un auténtico y ordenado feminismo, del que habló Juan Pablo II en el Concilio Vaticano II cuando dijo: “Pero ha llegado la hora en que la vocación de la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora”. Ellas ya no pueden quedar al margen del desarrollo social y cultura, la mujer debe de integrarse en plenitud.
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