Su mayor legado es haber construido hijos independientes, seguros de sí mismos, solidarios.
Jose Rubén Zamora
El jueves temprano, por la mañana, en el hospital Esperanza, murió inesperadamente mi entrañable tía Toya. Aunque sentía molestias llegó al hospital andando, de frente, sin arrugarse, con valor, con cierta despreocupación, de la misma manera que siempre enfrentó los grandes desafíos que la vida le puso en el camino. Lo único que de entrada advirtió, con lucidez sobrenatural y clarividencia, a médicos, enfermeras, a sus hijas e hijos que la acompañaban, fue que no se quedaría a dormir ahí, como Dios dispuso más tarde.
Cuatro generaciones –la de nuestros padres, la nuestra, la de nuestros hijos y la de los nietos mayores– experimentamos el mismo sentimiento de desconsuelo y la convicción de estar sufriendo una catástrofe derivada de la misma razón.
En estos tiempos de pragmatismo pervertido, en que los triunfadores son los que pegan más fuerte, los que ostentan el poder para abusar de los demás, los que meten más goles y los hombres más ricos, es un síntoma extraordinario la conmoción que ha causado entre tanta gente tan heterogénea y tan diversa, la muerte de una mujer que dedicó su vida entera a sus diez hijos e hijas, a quienes por norma supo hacer sentir amados, respetados, acompañados e insustituibles.
La vida de mi tía Toya, como la de todos nosotros, estuvo llena de alegrías, éxitos y luces. Sin embargo, también existieron sombras, dificultades y problemas a los que hizo frente con optimismo, inteligencia, creatividad como nuevas oportunidades para ser aprovechadas, con seguridad en sí misma, con un sentido del humor muy singular, con cierta despreocupación que podía hacer pensar que tenía nervios de acero ante la adversidad.
Aunque, es necesario aclarar que estos nervios de acero se podían transformar en nervios de punta, angustia y ansiedad sin fronteras, cuando perdía la pista de alguno de sus hijos, hijas o seres queridos, como sucedió con Gonzalo y Melita, cuando a los pocos días de casados nos fueron a visitar al Jiote Beach y se quedaron por más días de los planificados.
En los buenos momentos, aquellos llenos de éxitos y alegría, era posible que mi tía, por alguna razón, no lo acompañara a uno. Sin embargo, cuando había dificultades y problemas, ella simplemente estaba ahí, para apoyar y servir con absoluto desprendimiento.
Su partida me llenó de nostalgia, de añoranza, al extremo que volví a jugar ‘chibiricuarta’ con mis primos Marroquín en la casa del abuelo y matateroterolá atrás de su casa; una vez más jugué cabecitas con Óscar, mi primo, en las gradas que conducían al zaguán donde guardaban los carros; otra vez tomé la camioneta para visitar de escondidas a mi tía Toya y a mis primos, en su casona de la esquina de la 1a. avenida, donde encantado y relajado pasé la tarde; fui testigo otra vez de la fiesta de 15 años de la Lucky, mi prima, cuya celebración junto a sus amigos del Javier –entre otros– y compañeras del Monte María tuvo lugar en Rabanales, la finca donde crecí; volví a ser babysitter de Oscarito y Capirucho y a visitar a su papá y mamá recién casados, en un apartamento allá por el Julián Chon, media hora antes de que empezaran mis partidos de fútbol y tiempo más tarde en su casa del Hipódromo del Norte.
Durante horas que jamás terminarán, jugué de nuevo fútbol, básquetbol y béisbol con Juan Carlos y Luisito y, eventualmente, con Gonzalo, Óscar y Julito. En nuestras Yamahas mini-enduro, por veredas vecinales, junto a Juan Carlos redescubrí perplejo rutas desconocidas hacia Mixco y Amatitlán.
Sorprendido pero muy contento fui con Mamavita, mi adorada abuela Carmen, al matrimonio de Gonchi –Gonzalo– a sus prematuros 18 años. Meses más tarde, mientras toda la familia consternada no terminaba de asimilar la muerte de Carmen, mi abuela, tras muchas horas sin dormir, me veo desayunando con Gonzalo, en su casa de la zona 10, tratando de reconfortarnos mutuamente.
Recordé la cola de grandes del Javier, exigiendo el número telefónico de mis primas Marroquín. La bondad y belleza de la Susy, la acentuada preocupación por su prójimo de María Marta, la alegría compulsiva, la simpatía sin fronteras y seguridad en sí misma de la Rosy, la seriedad e inteligencia de la Lucky y el vigor y la fuerza de la Chiqui.
En fin, son tantos y tan buenas las remembranzas y recuerdos, sin embargo, como sucede siempre, en ese entonces todos pensábamos que estábamos muy lejos de ser felices y ahora, paradójicamente, pensamos todo lo contrario.
En cuanto a mí, me siento feliz y bendecido de haber tenido cerca a alguien tan especial como mi tía Toya, quien sin duda influyó en mi vida, junto a sus hijos, mis primos Marroquín, más de lo que podrían imaginar.
A estas alturas, mi querida tía Toya ya habrá dicho a Dios “misión cumplida”, pues supo ser extraordinaria hija, hermana, madre, abuela y bisabuela y su mayor legado es haber construido hijos independientes, seguros de sí mismos, solidarios, hombres y mujeres de buena fe, con una capacidad –heredada de ella– inagotable de prodigar amor.
0 comentarios: