Fue un amor a primera vista, quemante y luminoso, pasión de juventud convertida en amor eterno.
Ana María Rodas
Yo creía estar más allá del bien y del mal. Había recorrido un camino entre libros al que mi madre me condujo desde niña. A fuerza de frugalidad y economías había formado una biblioteca regular. Sin duda alguna había leído a todos aquellos a los que valía la pena leer.
Hasta que llegaron los años 60. Había pasado cierto tiempo absorta –afortunadamente– en mis hijas. Pero cuando la pequeña comenzó a hablar con sus amigos imaginarios en el jardín de la casa me di cuenta de que era tiempo de retomar la literatura.
Gracias a esa decisión conocí tempranamente a Enrique Noriega, a Dante Liano, a Luis Eduardo Rivera, a Luis de Lión, a Raúl de la Horra y a tantos otros cuates con los que pasábamos las noches en blanco. Teníamos un pacto tácito que nos dio resultados extraordinarios: ninguno hablaba sobre lo que escribía. El tiempo se nos iba argumentando sobre autores, libros. Abanderábamos a algún oscuro y genial desconocido; hacíamos picadillo a los escritores que no nos gustaban o no entendíamos.Éramos tan jóvenes.
No recuerdo cómo llegué a Cortázar. Cuando vine a darme cuenta tenía entre las manos uno de sus libros de cuentos. Nada impresionante visto desde afuera: un libro chico, delgado. Pero con su lectura, además del deleite profundo que me produce casi todo lo que escribió Cortázar, comprendí de una vez para siempre que no basta con contar; que hay que poseer un lenguaje propio, libre en apariencia de contaminaciones y herencias aunque las deudas corran, profundas y maravillosas, río subterráneo que apoya otros registros. No era la época para ensalzar, por estos lares, las bondades de aquel argentino transplantado a París. En la década prodigiosa Guatemala comenzaba a debatirse entre la guerra civil, y los académicos foráneos ponían gran énfasis en la literatura comprometida, aplicando las reglas de la obligación por encima de las normas literarias.
Algunos de los satélites que rondaban por nuestras tertulias me acusaron en innumerables ocasiones de ser víctima de aquello del arte por el arte, y blandían la hoz y el martillo cuando me hallaban con algún nuevo libro de Cortázar. Se iban hablando pestes de mí y yo quedaba tranquila, adentrándome en el autor y sus sobresalientes relatos.
Primero fueron los cuentos, leídos de manera desordenada. Buscaba las primeras ediciones, agotadas en su mayoría. Las librerías apenas traían dos o tres ejemplares de cada obra, y había que llegar pronto y arrancarla casi de las manos de otro alucinado.
No conseguí Bestiario, el primer libro suyo editado con su nombre, sino hasta bastante tiempo después de publicado.
Recuerdo en qué estado de arrobo y pasión me llevé Rayuela a la casa. Era una edición especial –no creo que haya sido la primera–, acompañada de una introducción con dibujos e instrucciones para leer la novela y varias invocaciones al Instituto de Patafísica.
Leí el libro imaginando a los personajes a mi gusto y antojo en un París que iba a conocer más tarde y en el que busqué, como referencia, los lugares recorridos por la Maga y su amante. Cosas de la poca imaginación, compartidas con muchos latinoamericanos que habían leído al autor y luego iban a la capital francesa en peregrinación literaria.
A lo largo de los años he vuelto a los cuentos, a los cronopios, a los seres lúcidamente imaginarios de sus historias fantásticas. Siempre regreso a Lucas y a su familia, con los pies firmes en tierra argentina, aunque sea construyendo un cadalso en el patio.
En algún momento tuve las primeras ediciones de La vuelta al día en ochenta mundos y Último round, pero algún amigo se los llevó de casa, junto con la primera Rayuela que leí, dejándome en el más horrible desamparo.
No he podido consolarme de esas pérdidas; ni siquiera el día en que me regalaron la primera edición de La prosa del observatorio –que tocó muy intensamente mi espíritu sin que aún ahora logre explicarme la causa–. Y es que aunque parezca poco creíble, Cortázar cambió mi vida, como lo hicieron a su tiempo otros autores. Pero aquél fue un amor a primera vista, quemante y luminoso, pasión de juventud convertida ahora en amor eterno.
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