Hace 41 años, en 1963 salió a la luz Rayuela, la novela emblemática de Julio Cortázar. Libro de culto. Biblia generacional. Una obra que abogó por la libertad de los individuos y el rompimiento con lo establecido. Ahora, cuando la novela ya cumplió cuarenta años, sigue abierta a nuevas lecturas y nuevas interpretaciones. Durante 5 días, del 14 al 18 de febrero, críticos y escritores de la talla de Carlos Fuentes, Sergio Ramírez, Noé Jitrik, Tomás Eloy Martínez, Julio Ortega, Ana María Barrenchea, entre otros, se reunieron en la Universidad de Guadalajara, México, para celebrar la memoria de Cortázar a 20 años de su muerte. En varios paneles y conferencias, durante el simposium, Rayuela fue, por supuesto, punto central de reflexión.
Para Noé Jitrik, “los textos cambian de forma cuando empiezan a circular, y más si circulan mucho. Rayuela es lo que es, más lo que se ha ido poniendo en ella”. Y es que con tantas relecturas, la novela clave de la literatura de Cortázar se ha ido haciendo grande y cada lectura resulta nueva. Cada lector es, en la opinión de Carlos Fuentes, “el primer lector de la novela”.
“Rayuela proponía el azar como una forma de afrontar lo cotidiano. Cortázar abominaba la solemnidad. En Rayuela intentó luchar contra la rigidez y el autoritarismo, contra la inmovilidad a la que nos obligan los gobiernos, el sistema, la familia, la escuela. Para Cortázar el humor es una herramienta de subversión”, según el cuentista mexicano Guillermo Sampeiro.
Pero Rayuela, es la novela de la subversión, no sólo porque rompió con los cánones de la sociedad de entonces -de aquella Latinoamérica dominada por “los cerrojos”, como dice Tomás Eloy Martínez-, sino también porque rompió con las reglas del género. “Cortázar tenía el deseo de realizar una obra con el gesto amplio de la novela, pero que rompiera con las convenciones del lenguaje, las hiciera estallar y construyera con sus fragmentos una nueva figura”, explica Ana María Barrenchea, una de las mayores estudiosas de la obra cortazariana.
“La novela revolucionaria no es solamente la que tiene un contenido revolucionario, sino la que procura revolucionar a la novela misma”, opina Halperín Donghi; y para el nicaragüense Sergio Ramírez, “Rayuela planteaba la destrucción sistemática de todo el catálogo de valores de Occidente”. Cortázar redefinió la novela como género, pero más aún como espacio de creación, como sitio en donde podían confluir la poesía, la música -el jazz principalmente-, la pintura, la arquitectura y un sinnúmero de elementos que hace de Rayuela una novela poliédrica.
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