Desde hace tiempo vivo con la agradable certeza de que si la composición musical en sí misma está influenciada por la literatura, la creación literaria ha obtenido igual provecho de las influencias del arte musical. De hecho, el jazz ha inspirado páginas elogiosas y de referencia en la obra de un número considerable de escritores, y si la preponderancia no generaliza en este caso, no son raros aquellos en los que esta expresión musical toma un lugar privilegiado.
Al igual que Boris Vian, de quien puedo afirmar, con el fervor de un adepto, que su obra entera está verdaderamente poblada de jazz, Julio Cortázar atiborró, literalmente y en el buen sentido de la palabra, gran parte de sus textos, de jazz y de blues. El interés de Cortázar en estas formas nace de la convicción de que el jazz es la única música que se asemeja a la noción de escritura automática. Metido de lleno en la lectura de autores como Breton, Crevel y Aragon, Cortázar convirtió el jazz en un equivalente musical del surrealismo.
Leer de nuevo o por primera vez El Perseguidor, texto extraño y magnífico incluido en los relatos de Las Armas Secretas, es penetrar en la literatura sonora, sombría y sórdida, por qué no decirlo, del universo noctámbulo del jazz, con aires de tabaco, de soledad y de cierta desesperanza conformista que hace pensar en el lamento del blues urbano. Cortázar esculpe involuntariamente un estilo de escritura similar a un estándar de jazz: una línea melódica elaborada sobre una sucesión de acordes que se construyen a voluntad.
Profundizar en la literatura de Cortázar es escuchar el sonido oscuro y penetrante del auténtico canto afronorteamericano, que envuelve el recorrido de sus personajes a la manera de una música para filmes. Hago un paréntesis y cito, como ejemplo, la música de Miles Davis en el filme Ascenseur pour l’échafaud (Ascensor hacia el patíbulo) de Louis Malle, o la banda sonora de Herbie Hancock para el filme de Bertrand Tavernier Round Midnight. Cualquiera de estos dos filmes carecería de sentido si la música estuviera ausente.
De aquí de allá y de todos lados
La obra mayor de Cortázar es sin lugar a dudas Rayuela. Con precaución me atrevería a opinar que en ella se encuentra el viaje más fascinante que la literatura hispanoamericana haya consagrado indirectamente a la historia del jazz. Un texto que, pasando de la novela al ensayo, de la reflexión a la acción, lleva en sí esa música imperecedera que acompaña y condiciona la escritura hasta convertirla en un catálogo discográfico digno de confianza para el amante del jazz, o para el neófito que sienta el deseo de iniciarse.
Cortázar nos lleva por la voz brumosa y melancólica de Bessie Smith (la emperatriz del blues) cantando I wanna be somebody’s baby doll; nos hace sentir la necesidad de respirar hondo como Colemans Hawkins antes de atacar una melodía, al igual que respira uno de sus personajes cuando se digna explicar un verso oscuro a otro. Nos hace renunciar a seguir los juegos de Dizzi Gillespie sin red en el trapecio más alto… El capitulo 17, que muestra su admiración por Louis Armstrong, es de todas las alusiones que existen en Rayuela, el canto al jazz más apasionado y conciso.
Rayuela es una novela escrita sin precipitación a lo largo de varios años en París. Cuando es publicada por primera vez en 1963, Julio Cortázar tiene 50 años, y 12 de vivir en la capital francesa. La obra está dividida en dos grandes partes: Del lado de allá (situada en París) y Del lado de acá (el personaje ha vuelto a Buenos Aires). A éstas se añade una tercera parte, De otros lados (llenos de material textual, citas bibliográficas y autocríticas atribuidas a uno de sus personajes). El contraste musical entre las últimas partes y la primera salta durante la lectura. El jazz que inunda los hechos acontecidos en París es más escaso en el Buenos Aires del tango.
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