La amistad entre Julio Cortázar y el novelista Sergio Ramírez perduró hasta la muerte del escritor argentino, desde que se encontraron por primera vez en Costa Rica en 1976 y juntos atravesaron clandestinamente la frontera nicaragüense para visitar la comunidad que el poeta Ernesto Cardenal había creado en el archipiélago de Solentiname. Más adelante Cortázar fue un infatigable defensor de la Revolución sandinista, de la cual Ramírez fue uno de los principales protagonistas.
Julio Cortázar no se limitó sólo a la literatura, también tomó partido por la revolución en Latinoamérica. Háblenos sobre el apoyo que le dio a la Revolución sandinista y de su estancia en aquella Nicaragua “tan violentamente dulce”.
–La relación de Julio Cortázar con Nicaragua es anterior al triunfo de la Revolución. Yo lo conocí cuando llegó a San José en 1976, invitado por la ministra de Cultura, Carmen Naranjo, para inaugurar un ciclo de conferencias del Colegio de Costa Rica, recién fundado. Ahí, Ernesto Cardenal y yo lo invitamos a venir a Solentiname. Hicimos un viaje desde San José hasta la frontera con Nicaragua, y de ahí por barco hasta el archipiélago, en un viaje, podríamos decir clandestino, porque atravesamos la frontera sin papeles y de esa visita resultó el primer cuento de Julio Cortázar que se relaciona con Centroamérica: El Apocalipsis de Solentiname. Curiosamente, no es un cuento que tenga que ver con los movimientos revolucionarios de una manera pro, sino más bien crítica, porque el relato es un homenaje a Roque Dalton, asesinado por sus propios compañeros de lucha en El Salvador. Es un cuento en donde las fotografías que él va tomando de los cuadros de la pintura primitivista, realizados por los campesinos de la comunidad, cuando las revela en París se van transformando en escenas de muerte y violencia en Latinoamérica y la última es la foto del asesinato de Roque Dalton. Desde entonces, Cortázar inició una relación muy estrecha con los intelectuales que estábamos a la cabeza del movimiento revolucionario de Nicaragua.
¿Puede medirse el peso de Cortázar sobre los escritores hispanoamericanos? ¿Hasta qué punto fue decisiva la brecha que él abrió?
–Yo diría que el escritor de las rupturas es Cortázar. Las rupturas del lenguaje y las estructurales, pero, sobre todo, marcó a toda una generación de escritores con una actitud de rebeldía y rechazo al stablishment burgués, cultural, político, social, a la conformidad y a la mansedumbre. Enseñó muchas claves de rebeldía, la creación de su personaje Cronopio, es la creación de un ser rebelde, inconforme, irónico. Luego, todo el aparato de ruptura que significa Rayuela, no sólo rompe con la estructura tradicional de escribir novelas, de principio, nudo y fin, sino que rompe con todos los parámetros del lenguaje y los culturales. La novela, que es una novela anárquica en todo sentido, lo que hace es derribar puentes.
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