Hace 20 años, el 12 de marzo de 1984, fallecía en París Julio Cortázar, uno de los mayores escritores del siglo XX. Cuentista, novelista, poeta, ensayista, crítico, traductor, Cortázar es autor de una serie de libros que ha trascendido lo puramente literario para convertirse en emblemas de la libertad, de la imaginación y de la capacidad de revuelta contra la realidad de los seres humanos. En su obra bulle el mundo multifacético y a la vez coherente en el que el autor se movía: la música, el cine, las artes plásticas, la fotografía, el boxeo, la política. Y por supuesto, la literatura. En este número de “elAcordeón” intentamos reflejar esa riqueza.
En 1969, la periodista francesa Rita Guibert solicitó una entrevista a Julio Cortázar para la revista Life en español. Por sus convicciones ideológicas de izquierda que lo llevaban a mantener una actitud férreamente antiimperialista, el escritor se negó en un principio a conceder una entrevista a un medio que él consideraba como propagandista del enemigo. Sin embargo, ante la insistencia de la revista, Cortázar aceptó contestar por escrito a las preguntas de la periodista en el entendido de que sus palabras serían reproducidas textualmente (“La moral y la práctica quieren que un escritor exprese habitualmente sus ideas en publicaciones que pertenecen a su propio campo ideológico e incluso intelectual; no es esto lo que ocurre aquí, y tanto Life como yo lo sabemos y lo aceptamos. Desde nuestro primer contacto quedó entendido que mi consentimiento no solamente no significaba una colaboración para Life, sino que para mí representaba precisamente lo contrario: una incursión en territorio adversario. Life aceptó este punto de vista y me dio las garantías necesarias de que mis palabras serían reproducidas textualmente. Soy, pues, el único responsable de ellas…”). El resultado de esta incursión de Cortázar en “territorio adversario” es un magnífico y exhaustivo ensayo sobre sus ideas y posiciones políticas, sobre su narrativa y sobre la literatura en general. Por alguna razón, el texto ha quedado como una curiosidad y no se incluye en ninguna de las recopilaciones de las entrevistas o de los ensayos del escritor. Para conmemorar los 20 años de la desaparición física del cronopio mayor, ofrecemos a nuestros lectores algunos fragmentos del mismo.
Escritura profesional
Lo primero que me sorprende siempre es que se me hable de mi carrera literaria, porque para mí no existe: quiero decir que no existe como carrera, cosa extraña en un argentino, puesto que mi país se apasiona por las carreras más diversas, como lo prueba entre otras cosas la figura inmortal de Juan Manuel Fangio. En Europa, donde el escritor es frecuentemente un profesional para quien la periodicidad de las publicaciones y los eventuales premios literarios cuentan considerablemente, mi actitud de aficionado suele dejar perplejos a editores y a amigos. La verdad es que la literatura con mayúscula me importa un bledo; lo único interesante es buscarse y a veces encontrarse en ese combate con la palabra que después dará el objeto llamado libro. Una “carrera” supone preocupación por la suerte de los libros; en mi caso, me fui de la Argentina el mismo mes en que apareció Bestiario, dejándolo abandonado sin el menor remordimiento. Pasaron siete años hasta que un segundo libro, Las armas secretas, despeinó bruscamente a sus lectores con un relato llamado El perseguidor; el resto ocurrió como en esas noticias policiales en las que un señor que vuelve a su casa se la encuentra patas arriba, la mesa de luz en el lugar de la bañadera y todas las camisas tiradas entre los malvones del patio. Yo no sé lo que buscaban los lectores en mi casa de papel y tinta, pero entre 1958 y 1960 hubo un asalto a las librerías, fue necesario reimprimir mis libros para amueblar un poco la casa vacía, y eso desde París era irreal y divertido, y además conmovedor cuando empezaron a llegar tantas cartas de jóvenes buscando el diálogo, planteando problemas, cartas mufadas, cartas de amor, cartas de gentes que ya tenían temas de tesis, esas cosas.
Influencias literarias
En otras ocasiones he hablado de los autores que influyeron en mí, de Julio Verne a Alfred Jarry, pasando por Macedonio, Borges, Homero, Arlt, Garcilaso, Damon Runyon, Cocteau (que me hizo entrar de cabeza en la literatura contemporánea), Virginia Woolf, Keats (pero éste es terreno sagrado, numinoso, y ruego al linotipista que no escriba luminoso), Lautréamont, S.S. Van Dine, Pedro Salinas, Rimbaud, Ricardo E. Molinari, Edgar Poe, Lucio V. Mansilla, Mallarmé, Raymond Rou– ssel, el Hugo Wast de Alegre y Desierto de piedra, y el Charles Dickens de Pickwick club. Esta lista, como se comprenderá, no es exhaustiva y más bien responde a lo que la UNESCO llama método de muestreo; en todo caso se advertirá que no nombro a prosistas españoles, sólo utilizados por mí en casos de insomnio con la excepción de La Celestina y La Dorotea, y tampoco italianos, aunque las novelas de D’Annunzio siguen viajando por mi memoria. Se me ha preguntado por una posible influencia de (Juan Carlos) Onetti, Felisberto Hernández y (Leopoldo) Marechal. Los dos primeros me agarraron ya grandecito, y en vez de influencia hubo más bien rejunta táctica, ninguna necesidad de conocerse demasiado para saber cuáles eran los cafés y los tangos preferidos; de Marechal, algunos críticos han visto el reflejo en Rayuela, lo que no me parece mal ni para don Leopoldo ni para mí.
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