Llega el verano cargando a memeches días soleados y calorones calibre 38 grados, soportados entre aleteos de soplador de zibaque en corredor ventilado y tarro de frívola serpiente con corona de espuma. Desde la avenida Simeón Cañas hasta callejuelas de la Villa de Guadalupe, donde el Cachudo patas de cabra perdió chamarra y celular, las jacarandas entacuchan de florecido lujo su copa de aire fino y alfombran de lila y malva suelos disparejos y banquetas remendadas con mucho trabajo y poco cemento. La nariz sufre puyones de aromas despertados en aletargados jardines de casa grande, huele el aire a corozo navegando en su propia canoa por mares de tradición cristiana y frentes de pecadores e inocentes lucen cruces pintadas de dos dedazos en Miércoles de Ceniza. Con visita peregrina al Señor de San Felipe, el primer viernes declaró inaugurada la Cuaresma, puerta de entrada a las liturgias de Semana Mayor. Fervientes cargadores de anchos hombros y fe a prueba de manzanas y serpientes, planchan esclavinas de barbas doradas; salen del armario olorosos a naftalina, ternos negros de casimir inglés para acompañar el sepelio de Cristo en urna de vidrio ornada de azucenas tan perfectas que parecen de plástico; centuriones romanos nacidos en barriada periférica limpian sandalias de alto coturno pintadas de dorado y algunos cucuruchos mal portados esconden el octavo quitagomero entre los pliegues de la túnica. Pero no todos piensan en pagar pecados al estricto contado, recostados en el anda soberbia, pluriétnica y multibrazos, de procesiones con música de tachín-tachín en lento arrastrado de ciempiés y humosas bocanadas de incienso áspero y dulzón.
Como siempre, unos a la pena y otros a la pepena. Los creyentes de Hermandad y cartulina de turno procesional cosido con gancho de ropa al pecho, ponen candado y doble pasador a tentaciones de vía libre hacia siete pecados capitales y huyen de placeres pegados con chicle a la moral burguesa. Esconden impulsos bajo velo sutil de hipocresía y deseo contenido, no comen carnes rojas, ni canches ni morenas, y el Sábado de Gloria sufren por propia mano, lacerante par de azotes con chilillo de siete colas en la cara oculta de la conciencia. Los de la pepena no pierden tiempo en preocupaciones por la salvación de su alma ni temen al fuego eterno, la brasa perpetua y la fogata permanente en la churrasquería de don Sata. Ya apartaron caseta en playas josefinas, preparan maletín con calzoneta, toalla y cepillo de dientes, y llenan hielera copeteada de cerchas para decir de viva voz y a todo pulmón: “Después de nosotros, el diluvio”, frase atribuida a don Güicho Quince, rey de la Francia, mientras hacía ejercicios espirituales con madame Pompadour.
Pero todo tiene sus asegunes dependiendo de las dependeduras. Mientras unos piensan en “La Pasión de Cristo” según San Mel Gibson y otros en el proceloso piélago y sus acogedoras playas, los muchachos de la Universidad de San Carlos, imbuidos del más alto espíritu huelguero, se capean de clases para entrarle al taloneado oficio de tradicional Talacha. Con colorida capucha encubridora de rostro, bote alcancía en mano pedigüeña y esquina semaforizada marcada como territorio propio, dedican horas de estudio y deshoras de ocio a sablear peatones y carrotenientes para financiar la Huelga de Todos los Dolores, Dolamas y Dolencias. Cuando la mala costumbre se hace fuente del derecho y práctica aceptada por vagos sin oficio y estudiosos sin empleo, es momento de reflexionar para encontrar soluciones acordes con los tiempos presentes y futuros. La muy noble y muy leal Capirucha ya no es pueblón de chorrocientos habitantes sino intrincada ciudad millonaria de guatechapines ocupados en talonear el cuscún y el sacrosanto tapis. Es necesario tragar gordo para aceptar la centenaria Huelga financiada con limosna pública y sufrir atorazones de tráfico provocadas por limosneros con garrote. No es por allí el rollo cuando la solución está en manos de la comunidad sancarlista. Simple y sencilla: a inicio de año debe hacerse la Talacha a costillas de los más de cien mil estudiantes, incluidos marcistas de marzo que nomás pasa el jolgorio de guaro y despelote desaparecen por arte de magia, y obligarlos a caer cadáveres con cuota obligatoria para pagar la factura del festejo. Que del mismo cuero salgan las correas y nadie chupe gratis. Haga cuentas: 115 mil occisos a cinco o diez quetzales por piocha, representan más de medio o un millón de devaluadas aves mudas. Alcanza para la pachanga y sobra para obras sociales en donde apriete el zapato. Nada de talacha pordiosera para exprimir bolsillos de ciudadanos comunes y silvestres, empresarios tacaños y supremo y superior gobierno haciéndole nuevos agujeros al cincho fiscal por desmadre de gobiernos anteriores. En vez de eso, parrandón con marimba cuache y tamales de coche, costeado con pisto propio para decir a frente levantada, codo a noventa grados y trago de tacón alto: el que paga los mariachis pide las canciones.
0 comentarios: