“Usted no es crítico de cine”, me han recriminado varios lectores enfurecidos, la mayoría tan católicos como “el ungido” Mel Gibson. Se me piden más “elementos de análisis técnicos y puntuales”, más “razones contundentes” y menos opiniones sobre “asuntos que no [me] corresponden” (tiemblo sólo de pensar lo que estas estrechas mentes harían si tuvieran la autoridad de decidir qué me corresponde y qué no). Eso sí: si mi posición hubiera sido no discrepar sino deshacerme en elogios para referirme a la sensación taquillera de turno, los mismos remitentes que tanto se alteraron eructarían hoy satisfechos, mansos de aprobación.
Aclaro, por si hace falta, que el cine me interesa cada vez más como experiencia subjetiva, como manifestación cultural y (a veces) como fenómeno de masas, y cada vez menos como objeto de mesuradas y anodinas disecciones. Que si la cámara aquí, que si la luz allá, que si el montaje acullá. Paso, gracias; demasiado cómodo, demasiado aburrido.
“Sea más objetivo”, exigen, iracundos. Caramba, ¿no les parece un despropósito pedirle objetividad a quien escribe una columna de opinión? A ver si nos entendemos: existe una infinidad de descripciones válidas para cualquier evento. La mía es sólo una de ellas. Ninguna obra tiene sentido por sí misma; es uno quien les da sentido a las cosas. La objetividad es un embuste, un mito que conviene derribar de una vez por todas. La objetividad no existe: cualquier descripción arroja más evidencia sobre quien describe que sobre lo descrito.
Líbresenos de aquellos que blanden a Dios como única verdad y tienen a Cristo como referente de virtud y modelo por seguir. Mi experiencia con la mayoría de ellos es que resulta más fácil provocar su ira que inspirarles ese supuesto amor al prójimo del que tanto hacen alarde.
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