Cuando Rigoberta Menchú era niña solía escuchar a la luz de la luna los cuentos que su abuelo le contaba. Cuidaba los maizales con los demás niños y comía moras con panela a escondidas de su madre. Todos esos momentos apacibles quedan ahora retratados en dos libros para niños que Menchú escribió con la colaboración de Dante Liano.
Para escribir estos textos fue preciso, para Rigoberta, hacer un viaje hacia atrás, remontarse a su infancia y recolectar los recuerdos de sus abuelos y de su pueblo, Chimel. En ese entonces se llamaba Li Mi’n, el nombre que quisieron darle sus padres; sin embargo, cuando fueron a inscribirla al Registro Civil el empleado les dijo que debían escoger un nombre que estuviera en el santoral, por eso Li Mi’n se convirtió en Rigoberta.
Los textos Li Mi’n, una niña de Chimel y El vaso de miel publicados por editorial Alfaguara, se presentarán mañana sábado 27.
En esta entrevista Menchú habla sobre su nuevo proyecto.
En sus escritos, usted ha mostrado dos caras muy distintas de Guatemala. Primero fue la Guatemala de la guerra y ahora nos trae, con estos libros, la Guatemala de la naturaleza, de la armonía y la paz. ¿Por qué ese cambio tan radical?
–A mí me costó volver a la infancia. Sentía que era lo más puro, lo más grande que tenía guardado y me llevó mucho tiempo poder escribir cuentos para niños. Fue difícil recordar los cuentos del abuelo y transportarme con ellos a un pasado que quería tener intacto. Creo que estas historias llenan muchísimo la expectativa que tenía. En primer lugar, lograr cuentos con una dosis de espiritualidad, que dejen una lección. Li Mi’n, una niña de Chimel es el que más me costó hacer, ya lo otro era imaginar, recordar, sentir el olor del maíz, de la tierra, de las montañas,del el fuego, es toda mi naturaleza.
Yo creo que este es un buen inicio, aunque quisiera escribir muchos libros más para los niños del mundo. Sé que los primeros beneficiados de este libro van a ser los niños indígenas, pero también los niños guatemaltecos. ¡Qué hermoso que mis libros lleguen a los niños de Guatemala!, pero tengo que decir que escribo para los niños del mundo, sean chinos, japoneses, europeos, de cualquier nacionalidad. Todos entienden ese lenguaje que muchos de nosotros hemos perdido, porque nos encerramos solamente en un mundo violento.
Recordar todos esos momentos de su infancia podría interpretarse también como una reconciliación consigo misma. ¿Le ayudó a sanar algunas heridas?
–Sí, totalmente. Para mí es una limpieza del alma. Es algo extraordinario lo que siento, lo que vivo, cada vez que vuelvo a leer las historias. Reconozco mucha magia en estas páginas y creo que eso no lo logré yo sola: quiero reconocer profundamente el papel de Dante Liano, primero el de empujarme y convencerme de que podía escribir los cuentos, y luego, el hacerlos realidad juntos.
–En el libro hay un mensaje intercultural profundo, pero, sobre todo, yo valoro la dosis de espiritualidad . Creo que si tenemos una pequeña dosis de espiritualidad podemos soportar todos los desafíos del tiempo, y, en ese sentido, creo que estos libros son muy aleccionadores. Los cuentos son también para adultos; me da la impresión que los niños son un pretexto para que los adultos los lean. Me gustaría que los niños interroguen a sus padres sobre el tema.
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