Las desgracias del Gobierno son producto no sólo de la mala gestión del FRG.
Gustavo Berganza
Realmente uno no puede menos que desearle al equipo económico del Gobierno el mejor de los éxitos para encontrarle solución al inmenso déficit fiscal que empieza ya a acumularse.
Éste es un año de expectativas más grandes de lo que la economía puede pagar. Sin embargo, si el Gobierno no quiere empezar a perder legitimidad, está obligado a mostrar eficacia. Y esto implica no solamente perseguir a los corruptos, cosa que ha hecho muy bien hasta el momento, sino también incrementar los niveles de inversión pública en áreas críticas como seguridad ciudadana, salud preventiva, educación y desarrollo de infraestructura básica en el área rural.
El Presidente se comprometió ya a reducir el número de efectivos del Ejército lo cual, esperamos, esta vez sí representará un ahorro. Y la ministra De Bonilla parece tener un plan para hacer más eficiente la recaudación y minimizar la evasión fiscal. Un buen principio, pero esto no va a hacer que el flujo de caja del Estado aumente al nivel que se requiere.
Las desgracias del Gobierno son producto no sólo de la mala gestión del régimen eferregista, sino también de la poca visión estratégica de sus patrocinadores. El sector privado organizado, harto del IEMA, decidió impugnarlo ante la Corte de Constitucionalidad. Lo malo es que los empresarios decidieron hacerlo en un momento en el que estaban a punto de recuperar el Gobierno. La Corte de Constitucionalidad les dio la razón y declaró nulo el IEMA. Ahora los empresarios tienen más dinero, pero también tienen el problema de que provocaron un agujero fiscal equivalente al 12.61 por ciento del total de ingresos tributarios de 2003. Esto ha sido como pegarse un tiro en el pie.
Tal como están las cosas, por muy rápido que trabaje la nueva comisión promotora del Pacto Fiscal y elabore sus propuestas, es improbable que éstas se completen en menos de tres meses y se transformen en leyes antes del último trimestre del año. Y luego, cuando empiecen a aplicarse, los rendimientos no empezarán a verse sino hasta el próximo año.
Al Gobierno no le quedan más opciones que recurrir al endeudamiento interno o contratar nuevos préstamos en el exterior. La primera opción hará más caro el costo del dinero, porque el Gobierno, para poder captar recursos, deberá ofrecer tasas por encima de las que paga el sistema bancario. Y esto puede tener un efecto desalentador para inversiones que requieren creación de empleos. La segunda opción implica también ofrecer tasas más altas que las que prevalecen en el mercado, porque la valoración que el país ha recibido de parte de las calificadoras de riesgo es muy mala.
Pero bueno, ojalá el Gobierno encuentre soluciones para esta situación tan pero tan preocupante. Y ojalá también que no se tarde mucho en aplicarlas.
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