Si algo le queda claro al ciudadano común de los acontencimientos que se han sucedido en las últimas semanas...
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Si algo le queda claro al ciudadano común de los acontencimientos que se han sucedido en las últimas semanas –la crisis en el Ministerio Púbico y sustitución del Fiscal, los fondos salidos de la Contraloría para el financiamiento de partidos políticos, las serias acusaciones contra Portillo y Reyes López, el desvío de fondos de la SAT hacia las cuentas personales de su director Marco Tulio Abadío– es que las instituciones del Estado se encuentran por los suelos. Que durante estos años hemos estado en manos de una pandilla de delicuentes y rufianes.
Más allá de la persecución y el castigo a ex funcionarios corruptos, el verdadero reto del presidente Berger durante los próximos cuatro años sería lograr la reconcialiación de los guatemaltecos con sus autoridades y sus instituciones. Parte de la verdadera crisis actual del país es la falta de credibilidad en el Estado. Lo que vivimos hoy no sólo es el resultado de cuatro años de gobierno del FRG, sino de la manera en que políticos y funcionarios se han acercado al hecho de dirigir y gobernar durante décadas.
La función pública ha sido durante los últimos 50 años en Guatemala una manera fácil de enriquecerse para un nutrido grupo de facinerosos que se han aprovechado de su situación privilegiada para saquear los fondos del Estado. Rara vez se ha visto a uno de estos personajes tras las rejas. Más bien, se les ve viviendo exilios dorados, como al ex presidente Alfonso Portillo.
El actual gobierno tiene ante sí la tarea de cambiar de forma radical este orden de las cosas, de crear entre el ciudadano y el Estado una relación sana, incluyente y de mutua confianza, de crear una nueva mística del servicio público que deje atrás el autoritarismo, el abuso y la impunidad. Frente a los retos que nos impone el siglo XXI, no podemos seguir eternamente reparando los destrozos del pasado. Es el momento de partir hacia el futuro como un país digno, moderno, democrátrico y productivo. La corrupción no es un fenómeno que haya aparecido por arte de magia en estos tiempos que corren, sino una manera de funcionar que por décadas ha corroído la mayoría de instituciones estatales; la única manera de salir del atolladero es atacarla en sus raíces más profundas.
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