Suena como a escupitajo con flema, pero no; es el apellido de un polaco que en sus años mozos jugó a ser actor, luego se decidió por los votos del sacerdocio y con el tiempo llegó a convertirse en jerarca de la Iglesia Católica; representante del Cielo en la Tierra, embajador plenipotenciario a cargo de intervenir y pronunciarse, en nombre del mismísimo Dios, sobre las Cosas de Este Mundo.
Quienes lo conocieron al principio de su reinado dan cuenta de un fortachón afable y sencillo, de sonrisa franca y curiosidad infinita, partidario de hablar sin muchos rodeos y de actuar con la mayor naturalidad posible, aun a costa de alterar los protocolos de la tiesa diplomacia.
Alguien que cenó con él en Castengaldolfo me confió que en la sobremesa hablaron sobre María Sabina y los hongos alucinógenos, y de cómo las propiedades de éstos son utilizadas por otras culturas para fines sacramentales. Al pontífice, dado que lo espiritual es tema de su máximo interés, la charla debió haberle parecido fascinante. Incluso confesó haber probado hongos de joven, durante su efímera fase de artista.
Un cuarto de siglo más tarde, nada de lo que me cuentan de él coincide con ese remedo deteriorado que veo cada vez que ponen su foto en los periódicos. Que me odien quienes lo aman así como está, pero para mí que desde hace años lo tienen tan dopado que ya ni se entera de cómo se llama ni de a dónde lo llevan. Entre Ratzinger, el coro vaticano di consiglieriy demás tentáculos del Opus Dei,se han encargado de licuar el otrora brillante cerebro del vicario de Cristo y ahora lo tienen como fantoche que dice misas, pronuncia discursos y firma documentos a voluntad de sus rancios y medievales titiriteros.
En realidad, se le ve muy bien conservado. Tan bien conservado que a veces hasta parece vivo.
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