Quien más incurre en hechos violentos y delictivos es la población masculina joven.
Gonzalo De Villa
Un fenómeno a nivel mundial que ha sido documentado en los últimos años, es el crecimiento en inseguridad y violencia. Francas Fukuyama, en un estudio exhaustivo sobre el tema centrado únicamente en países de Primer Mundo, reporta que el crecimiento en la delictividad está asociado en gran medida a la sobreexplotación del capital social tradicional sin que se hayan dado inversiones significativas en el área.
Un segundo elemento que él menciona es que el sector de población que más fácilmente incurre en hechos violentos y delictivos, es el de la población masculina joven. El desfondamiento de estructuras tradicionales de la vida social y la transición a nuevas estructuras aún poco maduras elimina muchos de los mecanismos sociales de control en que los jóvenes varones crecían en las sociedades anteriores a la posmodernidad. En los últimos 50 años, el crecimiento de la inseguridad ciudadana, con distintos ritmos y gravedades, es una constante casi universal.
En Guatemala sabemos de algunos datos palmarios sobre ese segmento de la población más proclive al delito, una vez que las redes más tradicionales de control se han perdido o vuelto obsoletas. Entre la población joven masculina (15 a 30 años) del país sabemos que menos de un 10 por ciento tiene acceso a estudios universitarios, sólo un 10 por ciento tiene acceso a un empleo formal y alrededor del 20 por ciento han emigrado fuera del país. Eso nos deja a un 60 por ciento de la población masculina joven en condiciones de precariedad laboral. Es alto también el porcentaje de esos jóvenes que están creciendo o han crecido en familias poco integradas.
La aspiración a comenzar una familia desde la juventud es casi universal en Guatemala. Pero las posibilidades económicas y laborales para hacerlo son inalcanzables para muchos. Las expectativas ampliadas en cuanto al consumo y el acceso a dinero y los legítimos deseos de superación no guardan proporción con las posibilidades legales de un trabajo bien remunerado que a pocos llega. De modo que la tentación para caer en hechos ilícitos es grande. El gregarismo pandillero será una expresión de ello, vinculado a crímenes muchas veces violentos en los que los autores materiales son, en su gran mayoría, jóvenes.
Si no caemos en la cuenta, como sociedad de la existencia de este caldo de cultivo en que se nutre mucha de la violencia actual, nuestra exasperación ante la violencia no encontrará salida que implique soluciones. El combate ante la delincuencia es, sin duda, un imperativo para las autoridades y una obligación cívica el colaborar en ello por parte de la ciudadanía. La violencia juvenil necesita ser entendida para ser combatida, pero, sobre todo, para ser desmontada en sus casualidades. De otro modo la legítima represión a la comisión de crímenes no dejara de ser más poda que erradicación.
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