La presentación se quedó en el qué hacer, dejando pendiente el cómo, el cuándo y el cuánto.
César A. García E.
El pasado martes fui invitado, junto con un grupo de respetables columnistas, la Casa Presidencial. La reunión tenía por objeto trasladarnos un resumen del plan de gobierno, al que se le denominó en esa ocasión “Plan de Reactivación Económico y Social 2004-2005”. El documento presentado que mostraba una lista de buenas intenciones, algunas acciones y metas de mediano plazo, era coherente y razonable. No obstante, es justo indicar que la presentación se quedó en el qué hacer, dejando pendiente el cómo, el cuándo y el cuánto. De la exposición y actitud de los jefes de gobierno y principales allegados, saqué algunas conclusiones.
Primero: el Presidente y el Vicepresidente confirmaron sus buenas intenciones, propiciaron el diálogo y mostraron sabiduría al compartir sus planes con un grupo de gente que ha demostrado preocupación legítima por Guatemala. Segundo: aunque lo que vimos fue más bien un bosquejo, el trabajo presentado mostró dedicación. Tercero: un componente importante, quizá el único visible en el corto plazo que podría promover empleo, es la inversión pública en proyectos de infraestructura, lo cual refleja un dejo keynesiano que me llamó la atención, no adversaran con vehemencia los neoliberales radicales presentes. Cuarto: a menos que a los ambiciosos planes se les ponga a la par un cronograma y se nombre un responsable –decente y de carácter– para coordinar, vigilar y empujar los complejos procesos que éstos implican, muy probablemente, todo quedará, como ya ha ocurrido en demasiadas ocasiones, en buenas intenciones.
Los asistentes, en general, fueron pródigos en reconocer los esfuerzos del gobierno y en otorgar un voto de confianza, llegando incluso uno de ellos a sugerir que la prensa debiera hacer un alto a su actitud crítica y promocionar el trabajo del gobierno, lo cual sin duda fue un enfoque, además de feamente oficioso, totalmente fuera de lugar. Afortunadamente quedó claro que la intención de los mandatarios no era en absoluto poner una mordaza amistosa a la prensa, sino más bien iniciar una estrategia de comunicación, que como dijo el Presidente, obedecía a que “es bueno poner huevos, pero también cacarearlos”.
En mi opinión, es menester poner atención en dos cosas: Uno: en Guatemala hay un problema prioritario que se llama pobreza –nuestra gente cada día vive peor– sin atacarlo y disminuirlo, no se logrará reducir la violencia ni la delincuencia, por ende, tampoco se podrá estimular con eficiencia la inversión y el empleo –insisto– no existe democracia pobre que sea segura; el resultado de haber más pobres en tres años, será de nueva cuenta tener como Presidente a otro populista sin escrúpulos, pues somos –mayoritariamente– un pueblo indigente e ignorante. Dos: es indispensable que un gobierno que se embarque en grandes proyectos de inversión, lo haga de forma absolutamente transparente, pues ésta ha sido la vía tradicional mediante la cual “empresarios- gobernantes”, se han despachado con la cuchara grande. Tomen en cuenta a Dios en sus planes, lean Deuteronomio 15:7-11.
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