No debería retrasarse más esa compensación. Páguenles ya.
Gustavo Berganza
Cansancio es lo que se siente al ver ese ir y venir de los ex patrulleros de Autodefensa Civil, víctimas hoy de las promesas incumplidas de quienes pretendieron aprovecharse de ellos para aumentar su caudal electoral.
Dicen que solamente fueron 5 mil los que se congregaron frente al Congreso para exigir el pago al que se comprometió el anterior régimen y que apoyó, cuando todavía era candidato, el actual mandatario. En un país en donde campea la pobreza y escasean las oportunidades, es inmoral despertar las expectativas prometiendo indemnizaciones cuyo pago luego será demorado ‘sine díe’.
Aquí lo que está en discusión no es si debe o no hacerse el pago. Parece haber consenso en que no queda más salida que hacerlo. Voces de izquierda y de derecha sentenciaron antes que si éste iba a hacerse efectivo, los fondos para liquidarlo deberían de salir del presupuesto del Ejército y no de un endeudamiento adicional. Pero independientemente de si la Ministra de Finanzas escoge reprogramar los fondos para Defensa o si opta por el camino del endeudamiento público, no debería retrasarse más esa compensación.
La presencia de los ex PAC mantiene abierta una herida que muchos quisiéramos ver cicatrizada. Cada vez que los movilizan para presionar al gobierno, nos hacen recordar episodios del pasado reciente que debieran haber sido superados. Aunque su atuendo no incluya ahora los anticuados fusiles con los que solían efectuar sus rondas, el simple hecho de verlos juntos y escuchar las historias con que justifican su derecho al pago, evoca episodios de odio, abusos, injusticia y salvajismo.
Su simple presencia libera los espectros de operaciones militares que fueron aprovechadas para ventilar, por la vía del asesinato y la tortura, disputas sobre linderos y afrentas personales que no tenían que ver nada con los motivos de la guerra.
Pero así como fueron victimarios, ellos también son víctimas de la guerra, porque se les desprendió de sus rutinas cotidianas para imponérseles otra distinta en la que debían hacer del odio, la desconfianza, el servilismo y la denuncia los puntales para su supervivencia. El Ejército y la guerra alentaron a que de ellos saliera lo peor que puede producir un ser humano.
Páguenles ya y cerremos de una vez ese capítulo, porque mientras ellos existan como grupo organizado, siempre mantendrán latentes las razones que nos dividieron durante 37 años. Páguenles ya y quiten la excusa para que ex militares sedientos de revancha y políticos inescrupulosos continúen aprovechándose de sus necesidades.
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